—Porque el señor Blair, antes de hacer su testamento, se confió en mí y me preguntó con franqueza si alguna vez su hija me había hablado de usted de alguna manera significativa que me hubiese hecho sospechar algo. Le confesé la verdad de lo que al respecto sabía, exactamente como acabo de referírselo a usted. Mabel lo ama... Lo ama tiernamente.

—Entonces le debo a usted en gran parte el que el pobre Blair me haya legado su secreto—observé, añadiendo algunas palabras de agradecimiento y embargándome luego en profunda meditación sobre lo que acababa de revelarme.

—No hice más que cumplir con mi deber para con ambos ustedes—fue su respuesta.—Ella lo ama, como ya se lo he dicho, y, por lo tanto, estoy convencida de que con poca persuasión usted podría conseguir que nos dijese la verdad respecto a Dawson. Ella ha huido, es cierto, pero más por temor de lo que pueda usted pensar de ella cuando su secreto se divulgue, que por horror a este hombre. Recuerde—añadió,—que Mabel lo ama apasionadamente, como muchas veces me lo ha confesado, pero por alguna razón extraordinaria, que permanece siendo un misterio, ella se esfuerza en reprimir su cariño. Teme, creo yo, que de su parte sólo haya amistad, que sea usted un soltero decidido, demasiado recalcitrante, para que pueda abrigar por ella ningún pensamiento de cariño.

—¡Oh, señora Percival!—exclamé, dominado por un súbito estallido de pasión—le aseguro... le confieso que siempre he amado a Mabel... que ahora la amo tierna, apasionadamente, con todo ese vehemente ardor que un hombre sólo siente una vez en su vida. Ella me ha juzgado mal. He sido yo el culpable, porque he estado ciego, he procedido neciamente y jamás he leído el secreto de su corazón.

—Entonces es preciso que ella sepa esto inmediatamente—contestó llena de simpatía la respetable señora.—Debemos, cueste lo que cueste, encontrarla, y decirle todo. Sí, hay que tener una reunión, y ella, por su parte, debe confesarle a usted sus sentimientos. Sé muy bien cuán profundamente lo ama—añadió,—sé cuánto lo admira y cómo, en la soledad de su habitación, ha llorado muchas veces amarga y largamente, porque creía que era usted indiferente y ciego a la ardiente pasión de su noble, sincero e inocente corazón.

—¿Pero cómo era posible hacer eso ahora? El paradero de mi bien amada era un misterio para todos nosotros, nadie lo conocía. Había desaparecido completamente, con el objeto de eludir la terrible revelación que tanto horror le causaba y que ella temía ver divulgada de un momento a otro.

Mientras yo seguía débil e imposibilitado, Ford y Reginaldo en los días subsiguientes se ocuparon con toda actividad de sus investigaciones, pero todo fue en vano. Apelé a Leighton, el abogado, y le pedí su opinión, pero lo único que se le ocurrió fue insertar avisos; sin embargo, ambos estuvimos conformes en que ese medio no era conveniente ni adaptable para ella.

Aun cuando pueda parecer extraña, Dorotea Dawson, o Dolly, como la llamaba su padre, la joven de cara morena, manifestaba también la más viva ansiedad por Mabel. Su madre había sido italiana, y ella hablaba el inglés con un leve acento extranjero, como que había vivido siempre en Italia, según decía. Vino a visitarme una vez, para expresarme su sentimiento por mi enfermedad. Su aparente aspecto vulgar se debía únicamente a su nacionalidad mixta, y aun cuando era una joven muy astuta, que poseía toda la sutil perspicacia del italiano, Reginaldo había descubierto que era una compañera viva y entretenida.

Sin embargo, todos mis pensamientos estaban concentrados en un dulce amor perdido, y en ese arrogante y vulgar individuo que, con sus amenazas y desprecios, la tenía sometida a su irresistible y oculto poder.

¿Por qué había huido aterrorizada de mí? ¿Por qué se había cometido ese cobarde e ingenioso atentado contra mi vida?