Le transmití mi pensamiento a Reginaldo, y éste me contestó:
—Hay que vigilarlos, viejo. No nos deben ver aquí. Desearía que se dirigiesen por el lado contrario.
Los seguimos con la vista durante un momento, temerosos de que, habiendo cruzado el puente, se dieran vuelta hacia donde nosotros estábamos, pero felizmente no lo hicieron, pues tomaron a la derecha costeando la orilla del lago.
—Si ese sacerdote es italiano, entonces debe haber venido expresamente de Italia para entrevistarse con ella—observé.—Porque desde el momento que había hablado con fray Antonio, parecía existir una curiosa conexión entre el secreto del cardenal fallecido y la iglesia de Roma.
—Es preciso averigüemos y sepamos lo que hay de verdad—observó Reginaldo.—Pero tú no debes permanecer más tiempo aquí. Se está poniendo demasiado frío para ti—añadió, poniéndose de pie de un salto.—Mientras tú te vuelves a casa, yo los seguiré.
—No—le dije.—Caminaré un poco contigo. Estoy interesado en este juego,—y levantándome también, introduje mi brazo en el suyo y emprendí la marcha apoyado en mi bastón.
Caminaban muy juntos, embargados en una animada conversación. Por las rápidas gesticulaciones del sacerdote, la manera cómo sacudía, primero, sus dedos apretados, y luego alzaba su mano abierta y tocaba su antebrazo izquierdo, podría haber afirmado que estaba hablando de algún secreto, cuyo poseedor había desaparecido. Si uno conoce bien el italiano, puede seguir hasta cierto punto el tema de la conversación por los gestos, pues cada uno de éstos tiene su significado particular.
Andando con la mayor rapidez que me fue posible, conseguimos poco a poco acercarnos, porque habían acortado el paso e iban con relativa lentitud. El sacerdote llevaba la palabra y hablaba con vehemencia, como tratando de persuadir a la hija del contramaestre del «Annie Curtis», para que procediese en el sentido que le indicaba.
Ella parecía pensativa, silenciosa e indecisa. Una vez se encogió de hombros, y se retiró de él, dándose vuelta como en actitud de desafío, pero en el acto el astuto sacerdote fue todo sonrisas y disculpas. Hablaban, no había duda, en italiano, para que así los transeúntes no pudieran entender su conversación. Noté que sus ropas eran de corte marcadamente extranjero y que sus zapatos eran bajos, aun cuando les había quitado las brillantes hebillas de acero.
En el momento que aparecieron cruzando el puente, ella venía riéndose alegremente de alguna observación de su compañero, pero ahora toda su alegría parecía haber desaparecido por completo y haberse dado cuenta del verdadero objeto de la misión de aquel extranjero. La senda que habían seguido conducía a la Horse Guard's Parade, y comprendiendo un momento después que mi debilidad no me permitiría caminar más, me vi obligado a volverme hacia las gradas de la columna de York, dejando solo a Reginaldo para que observase todo cuanto pudiese.