Volví a casa completamente exhausto y helado, pues, a pesar de haber llevado puesto mi gran sobretodo de lana, que usaba para los paseos en coche cuando estaba en Helpstone, no había podido evitar que se colara el viento frío y cortante. Permanecí dos horas completas sentado junto al fuego para reparar lo perdido, hasta que al fin volvió mi amigo.

—Los he seguido por todas partes—explicó, dejándose caer en un sillón que había enfrente de mí.—Es evidente que él la ha amenazado, y ella le tiene miedo. Cuando llegaron a Horse Guard's Parade, doblaron otra vez por Birdcage Walk y luego cruzaron el parque Green. Después la ha acompañado en coche a una de las tiendas de Fuller en la calle Regent. Parece que el sacerdote tiene un terror pánico a ser conocido, y antes de abandonar el parque Green, levantó el cuello de su sobretodo, para ocultar ese pedacito de púrpura que asomaba.

—¿Has descubierto su nombre?

—Lo seguí hasta el Saboya, que es donde para. Allí ha registrado su nombre como monsignore Galli, de Rimini.

Nuestras informaciones al respecto acababan aquí. Bastaban, sin embargo, para demostrar que el sacerdote estaba en Londres con un propósito fijo, probablemente para persuadir a la hija de el Ceco de que le diera ciertos informes que deseaba conocer vehementemente, y que tenía la intención de obtener por medio de ciertos datos importantes que poseía.

Pasaron varios días lluviosos y sombríos, y Bloomsbury presentaba su aspecto más melancólico. No había podido descubrir la menor huella de mi amor desaparecido, ni conseguir ningún otro dato de monsignore, el sacerdote de blancos cabellos. Parece que éste había abandonado el Saboya a la tarde siguiente, retornando, no hay duda, al Continente, pero ignorábamos si había tenido o no éxito en su misión.

Dolly Dawson, con quien Reginaldo había entablado una especie de agradable amistad, más con el propósito de poderla observar e interrogar que por otra cosa, vino a vernos para informarse de mi salud y saber si habíamos conseguido alguna noticia sobre el paradero de Mabel. Su padre—nos dijo,—habíase ausentado por varios días de Londres, y ella iba a partir para Brighton, a visitar una tía.

¿Sería posible que Dawson, habiendo tenido conocimiento de mi buen resultado en la solución del enigma cifrado, hubiera partido para Italia con el fin de salvar el secreto del cardenal y arrebatárnoslo? Hora por hora anhelaba recuperar todas mis fuerzas para poder partir hacia el sitio señalado a orillas del Serchio, pero me encontraba detenido dentro de aquellas estrechas habitaciones por mi terrible debilidad.

Pasaron cuatro largas y espantosas semanas de martirio, hasta que llegó mediados de mayo, y pude tener suficientes fuerzas para salir solo a caminar y dar unos cortos paseos por la calle Oxford y sus alrededores. El testamento de Burton Blair había sido ya aprobado, y Leighton nos manifestó, en las varias veces que nos visitó, el descuido, e indiferencia con que el tal Dawson manejaba los bienes.

Que el aventurero estaba en comunicación secreta con Mabel lo probaba el hecho de que ciertos cheques firmados por ella habían pasado por sus manos para ir al Banco; sin embargo, aun cuando parezca muy extraño, aparentaba completa ignorancia al respecto y declaraba no saber dónde se encontraba.