Dawson estaba ya de vuelta en la mansión de la plaza Grosvenor, cuando un día, a eso de las doce, Glave hizo pasar a mi presencia a Carter.

Conocí por su semblante la agitación que lo dominaba, y apenas entró, después de saludarme respetuosamente, exclamó:

—¡He conseguido descubrir la dirección de la señorita Mabel, señor! Desde que ella abandonó la casa no he perdido de vista las cartas enviadas al correo, como el señor Ford me había indicado que lo hiciera; pero el señor Dawson no le ha escrito nunca hasta esta mañana, que por casualidad, creo yo, envió una carta al correo dirigida a ella, entre un número de otras que entregó al mensajero. Está en Mill House, Church Enstone, cerca de Chipping Norton.

Lleno de alegría, di un salto y me puse en pie; le agradecí la noticia, ordené a Glave que le diera de beber y partí de Londres para Owfordshire por el tren de la una y media.

Antes de las cinco hallé a Mill House, casa sombría y anticuada, que quedaba detrás de un alto seto de bojes que había en la calle de la aldea en Church Enstone, sobre el camino real de Aylesburg a Stratford. Delante de la casa se extendía un pequeño prado, alegre y brillante con sus canteras de tulipanes y fragantes narcisos.

Una criada de burdo lenguaje me abrió la puerta e hízome pasar a una pieza baja, pequeña y anticuada, donde sorprendí a mi amada sentada en una gran silla de brazos, en actitud triste, leyendo.

—¡Señor Greenwood!—tartamudeó, levantándose rápidamente, pálida y sin aliento—¡usted! ¡usted aquí!

—Sí—contesté, cuando la sirvienta hubo cerrado la puerta y quedamos solos.—¡Al fin la he encontrado, Mabel... al fin!—Y, avanzando, tomé tiernamente sus dos manecitas entre las mías. Después, dominado por el éxtasis de aquel momento de placer, la miré de fijo a los ojos, exclamando:—Ha tratado de huir de mí, pero hoy la he vuelto a encontrar. He venido, Mabel, a confesarle con franqueza, a decirle... a decirle, mi queridísima Mabel, que... que la amo!

—¡Que me ama!—gritó, espantada, dando un salto atrás, y apartándome de su lado con sus dos blancas y pequeñas manos.—¡No! ¡No!—gimió.—Usted no debe... no puede amarme. ¡Es imposible!

—¿Por qué?—le pregunté rápidamente.—La he amado desde aquella primera noche que nos conocimos. Ciertamente que usted debe haber descubierto hace mucho tiempo el secreto de mi corazón.