—Sí—tartamudeó,—lo he conocido. Pero ¡ay! ¡es demasiado tarde... demasiado tarde!

—¿Demasiado tarde?—exclamé.—¿Por qué?

Quedó callada. Su semblante cubriose de una repentina palidez mortal y hasta sus labios se pusieron blancos: luego la vi temblar de pies a cabeza.

Repetí mi pregunta gravemente, con mis ojos fijos en ella.

—Porque—contestó al fin lentamente, en una voz trémula y tan baja, que apenas pude oír las fatales palabras que pronunció—¡porque ya estoy casada!

—¡Casada!—exclamé tartamudeando y quedándome rígido.—¡Y su esposo! ¿Cómo se llama?

—¿No adivina usted?—me preguntó.—¿No lo sospecha? El hombre que ya ha tenido oportunidad de conocer: Herberto Hales.

Sus ojos estaban bajos como avergonzados, mientras su barba fina descansaba abatida sobre su pecho jadeante.

XXV

EL NOMBRE SAGRADO