—Porque me lo pidió. Deseaba verme.

—¿Para obtener dinero a fuerza de amenazas, como intentó hacerlo esa noche memorable en Mayvill?

La pálida y abatida niña movió afirmativamente la cabeza.

—He venido a vivir en esta casa, pero pagando—explicó.—Isabel Wood, una antigua condiscípula, vive aquí con su madre. Las dos creen que he hecho un casamiento secreto, contrariando a los míos, para lo cual he tenido que fugarme del hogar, y en estos dos últimos años han sido extraordinariamente bondadosas conmigo.

—¡Entonces hace dos años que está usted casada!—exclamé lleno de sorpresa y confusión, verdaderamente asombrado de ver la manera cómo había sido engañado.

—Sí, hace casi dos años. Nos casamos en Wymondham, en el condado de Norfolk.

—Cuénteme toda la historia, Mabel—la insté, después de una pausa prolongada, esforzándome por conservar una fingida calma exterior, que no coincidía ciertamente con mis sentimientos más íntimos y profundos.

Su pecho se levantaba y bajaba jadeante debajo de sus encajes y chiffons, sus grandes ojos maravillosos brillaban llenos de lágrimas. Durante largos cinco minutos permaneció dominada por la emoción y sin poder articular una palabra. Al fin, en una voz baja, enronquecida, dijo:

—No sé lo que pensará usted de mí, señor Greenwood. Estoy avergonzada de mí misma, y de la manera cómo lo he engañado. Mi única disculpa puede concentrarse en estas dos palabras: era imperativo. Me casé obligada por una terrible cadena de circunstancias, que usted sólo comprenderá cuando la luz se haga, cuando conozca toda la verdad.—Y volvió a quedar callada.

—¿Pero no me la dirá usted ahora?—insistí.—Como su mejor amigo, como el hombre que la ha amado sinceramente, creo que tengo derecho a conocerla.