Movió la cabeza con amarga tristeza, y, mirándome a través de sus lágrimas, respondió brevemente:

—Ya se la he dicho. Estoy casada. Sólo puedo pedirle perdón por haberlo engañado y manifestarle que me he visto obligada a hacerlo.

—¿Quiere usted decir que se ha visto precisada a casarse con él? ¿obligada por quién?

—Por él—tartamudeó.—Hace dos años que una mañana salí sola de Londres y me reuní con él en Wymondham, donde previamente había estado parando por espacio de quince días, mientras mi padre estaba pescando. Herberto me recibió en la estación, y nos casamos secretamente, actuando como padrinos dos hombres desconocidos, elegidos a la ventura. Después de celebrada la ceremonia, nos separamos. Me saqué el anillo y volvime a casa. Esa noche dábamos una comida, y entre los comensales estaba usted, lord Newborough y lady Rainham; después concurrimos al Haymarket. ¿No lo recuerda? Cuando estábamos sentados en el palco, me preguntó por qué me encontraba tan triste y pensativa, y yo me disculpé diciéndole que tenía un fuerte dolor de cabeza. ¡Ah! ¡si hubiera usted sabido!

—Recuerdo esa noche perfectamente—le dije, compadeciéndola.—¿Fue aquélla entonces la noche de su casamiento? Pero ¿cómo la obligó a que se casara con él? Las razones que lo impulsaron, son demasiado claras, por cierto. Quería sacar ventaja, no hay duda, ya fuera por el hecho de que usted no podría consentir que se supiera que era la esposa de un hombre vulgar, de un cuidador de caballos, o ya porque tenía la intención de entrar en posesión de su dinero a la muerte de su padre. Ciertamente que no es el suyo el primer casamiento de esta clase que se ha celebrado—añadí, con un sentimiento de espanto y confusión.

En el mismo momento en que mis esperanzas habían llegado al más alto grado y parecían próximas a ver realizados sus ensueños, debido a la declaración de la señora Percival, había caído el golpe terrible sobre ellas, y comprendí en el acto que era imposible todo amor entre nosotros. Mabel, la mujer a quien había amado con tanta pasión y ternura, era la esposa de un rústico campesino bruto que con sus amenazas la martirizaba hasta la locura, y que, como ya lo había demostrado, no vacilaría ante nada con el fin de conseguir sus despreciables fines.

El estado de mi ánimo y sentimientos era indescriptible. No tengo palabras para poder dar una idea adecuada de las emociones encontradas que destrozaban mi corazón, ni cómo lo torturaban cruelmente. Hasta ese momento había estado bajo mi protección, pero, ahora que ya sabía que era la esposa de otro, no tenía derecho para ejercer contralor sobre sus actos, no tenía derecho para admirarla, ni tampoco lo tenía para amarla.

¡Ah! si alguna vez se ha sentido un hombre desesperado, abatido y desengañado; si ha comprendido cuán inútil y sin objeto ha sido su vida triste y solitaria, ese hombre he sido yo.

Intenté persuadirla de que me contara cómo ese rústico campesino la había obligado a que se casara con él, pero las palabras se anudaron en mi garganta y la emoción me ahogó. Las lágrimas debieron agolparse en mis ojos, supongo, porque con un impulso de súbita simpatía, una explosión de ternura femenina que vibraba tan fuertemente dentro de su noble ser, colocó su mano cariñosamente sobre mi hombro y dijo, en una voz tranquila, serena y baja:

—No podemos revocar lo pasado, ¿para qué entonces pensar en ello? Proceda como le pedí en mi carta que lo hiciera. Perdóneme y olvide. Déjeme con mis penas. Ahora sé que me ha amado, pero es...