No pudo terminar la frase, porque se bañó en lágrimas.
—Sé lo que quiere usted decir—le dije confundido.—Demasiado tarde... sí, demasiado tarde. Nuestras dos existencias han sido destruidas por mi necedad... porque le oculté lo que como hombre sincero y honrado debía habérselo dicho hace ya mucho tiempo.
—No, no, Gilberto—gritó, llamándome por mi nombre por la primera vez,—no digo eso. La culpa no es suya, sino mía... mía—y se cubrió la cara con las manos y sollozó fuerte y melancólicamente.
—¿Dónde está su marido... o más bien dicho, ese hombre que intentó matarla?—le pregunté fieramente pocos minutos después.
—En algún punto del Norte, según creo.
—¿Y cuándo estuvo aquí con usted?
—Hace una semana que vino y permaneció un par de horas.
—¡Pero no es posible que siga abusando de usted de este modo! ¡Si no puedo seguir siendo su amante, puedo, sin embargo, ser siempre su campeón, Mabel!—grité lleno de decisión.—En adelante tendrá que arreglárselas conmigo.
—¡Ah, no!—tartamudeó, volviéndose hacia mí con recelo y temor.—No debe usted hacer nada. De otra manera podría él...
—¿Qué podría él hacer?