Quedó callada, contemplando por la abierta ventana, sin objeto ni interés, los anchos prados que se extendían delante de su vista, nebulosos y silenciosos en medio de la obscuridad del crepúsculo.

—¡Puede—dijo en voz baja y cortada,—puede decir al mundo la verdad!

—¿Qué verdad?

—La que él sabe... por medio de la cual me obligó a ser su esposa,—y se llevó la mano al pecho, como para detener los terribles latidos de su tierno corazón.

Intenté persuadirla de que me revelara el secreto, que confiara en mí sus cuitas, dado que era su más fiel y sincero amigo, pero se negó.

—No—exclamó en voz cortada,—no me lo pregunte, Gilberto, ahora que puedo permitirme llamarle así, pues de todos los hombres es a usted al que no puedo decírselo. A mí sólo me resta callar... y sufrir.

Su cara estaba pálida, muy pálida, y por la expresión de ella conocí que su resolución era irrevocable.

A pesar de la confianza y estimación que me tenía, comprendí que no habría poder en el mundo que la indujera a revelarme esa terrible verdad.

—Pero usted sabe la razón que tuvo su padre para designar a su amigo Dawson administrador de su fortuna—le dije.—Tenía confianza en que con una palabra suya se conseguiría hacerle retirarse del puesto que hoy ocupa. No es posible que aparente usted ignorar el misterioso motivo que tuvo su padre para proceder así.

—Ya se lo he dicho. Mi pobre padre también procedió bajo presión. El señor Leighton lo sabe también.