—¿Y conoce usted la razón?

Movió la cabeza afirmativamente.

—¿Entonces puede usted contrarrestar los planes de ese hombre?

—Sí, podría—contestó lentamente,—si me atreviera a hacerlo.

—¿Qué teme?

—Temo lo que mi padre temía—respondió.

—¿Y qué era eso?

—Que cumpliera cierta amenaza que muchas veces había hecho a mi padre, y más tarde a mí. El día que abandoné mi hogar me amenazó también... desafiándome a que pronunciara una sola palabra.

Sí, ese tuerto tenía sobre ella un poder absoluto, como se había jactado delante de la señora Percival. También conocía ese hombre el secreto del cardenal, mientras yo lo ignoraba.

Permanecimos sentados en esa pequeña y anticuada habitación hasta que el crepúsculo se convirtió en noche profunda, y ella se levantó penosamente y encendió la lámpara. A la luz noté, sobresaltado, cómo había cambiado su dulce rostro. Sus mejillas estaban pálidas y marchitas, sus ojos hinchados y enrojecidos, y todo su semblante denotaba una ansiedad profunda, terrible, ardiente, un terror pánico de lo desconocido que el porvenir le reservaba.