Ciertamente, su posición era extraña, casi inconcebible: una linda joven, con una fortuna de más de dos millones de libras depositada en poder de sus banqueros, y sin embargo perseguida, rondada por sus crueles enemigos que buscaban su ruina, degradación y muerte.

La revelación de su casamiento me había dado un golpe terrible, como para hacerme tambalear. Ya no podía ser para ella más que un simple amigo como cualquier otro hombre; todos los pensamientos de amor estaban excluidos, toda esperanza de felicidad abandonada. Jamás la había yo pretendido por su fortuna, eso puedo confesarlo honradamente. La había amado sólo por lo que ella valía en sí, porque era dulce y pura, porque conocía que su corazón era leal y sincero; que en carácter, fuerza de voluntad, gracia y belleza, era incomparable.

Durante un largo rato retuve su mano entre las mías, sintiendo cierta satisfacción, supongo, en repetir de esta manera lo que tantas veces había hecho en otro tiempo, ahora que ya tenía que despedirme para siempre de todas mis esperanzas y aspiraciones.

Ella permanecía sentada en silencio, dejando escapar profundos suspiros de dolor mientras yo hablaba, refiriéndole esa extraña aventura nocturna de las calles de Kensington, y cuán cerca había estado de la muerte.

—Entonces, sabiendo que ha conseguido usted leer el secreto escrito en esas cartas, han intentado sellar sus labios para siempre—exclamó al fin, en una voz dura y mecánica, casi como si hubiera estado hablando consigo misma.—¡Ah! ¿no se lo previne en mi carta? ¿no le he dicho que el secreto está tan bien e ingeniosamente guardado, que no conseguirá nunca saberlo o sacar provecho de él?

—Pero tengo la intención de perseverar en la solución del misterio de la fortuna de su padre—declaré, siempre, con su mano entre las mías, dándole mi adiós triste y amargo.—El me dejó su secreto, y yo he decidido partir mañana para Italia, a buscar el punto indicado y conocer la verdad.

—Entonces, es mejor que se economice esa molestia, señor—exclamó una voz de hombre vulgar y sin ninguna educación, que al oírla me sobresaltó y, al darme vuelta rápidamente, vi que la puerta se había abierto sin ruido, y en el dintel, contemplándonos con aparente satisfacción, estaba de pie el hombre que se interponía entre mi bien amado y yo: ¡el campesino rústico y brutal que la reclamaba con el derecho de darle el nombre sagrado de esposa!

XXVI

FRENTE A FRENTE

—¿Me gustaría saber qué tiene usted que hacer aquí?—preguntome aquel vulgar individuo, de facciones groseras, cuyo chato sombrero gris y calzones cortos le daban un aspecto marcadamente de mozo de cuadra. Y se quedó de pie en el umbral de la puerta, cruzando los brazos desafiadoramente y mirándome a la cara.