—El asunto que me ha traído aquí, sólo a mí atañe—contesté, haciéndole frente con repugnancia.
—Si le incumbe a mi esposa, yo tengo derecho de saberlo—insistió.
—¡Su esposa!—grité, avanzando hacia él y dominando con dificultad el poderoso impulso que sentía de golpear y arrojar al suelo a ese joven rufián.—¡No la llame su esposa, hombre! ¡Llámela por su verdadero nombre: su víctima!
—¿Me dice usted eso como insulto?—dijo rápidamente, poniéndose blanca su cara de súbita ira. Mabel, al ver su actitud amenazadora, de un salto se interpuso entre nosotros y me suplicó que conservara mi calma.
—Hay algunos hombres para quienes no pueden ser insulto las palabras, por duras que sean—contesté violentándome,—y usted es uno de ellos.
—¿Qué quiere usted decir?—gritó.—¿Desea usted pelear?—y avanzó con los puños cerrados.
—No deseo pelear—fue mi rápida respuesta.—Lo único que le ordeno es que deje en paz a esta dama. Puede legalmente ser su esposa, pero yo asumiré el papel de su protector.
—¡Oh!—exclamó, encogiendo el labio con burla.—¿Querría saber con qué derecho interviene usted entre nosotros?
—Con el derecho que todo hombre tiene de proteger a una mujer desamparada y perseguida—contesté con toda firmeza.—Le conozco, y estoy bien al tanto de su ignominioso pasado. Ya que se atreve a desafiarme, ¿tendré acaso que recordarle un incidente que parece haber olvidado muy cómodamente? ¿No recuerda de cierta noche, no muy lejana, en el parque de Mayvill, cuando intentó usted cometer un crimen infame y brutal, no recuerda?
Dio un salto sobresaltado, luego me miró iracundo, brillando en sus ojos el fuego del odio criminal.