—¡Ella se lo ha dicho! ¡Maldita sea! ¡Me ha vendido!—exclamó lanzando a su temblorosa y aterrada mujer una mirada de profundo desdén.
—No, ella no me lo ha dicho—respondí.—Por casualidad me tocó ser testigo de su cobarde atentado. Yo fui quien la sacó con vida del río helado, adonde usted la arrojó criminalmente. Por ese acto que cometió entonces, va a responderme ahora.
—¿Qué es lo que quiere usted significar?—preguntó, y por las líneas de su semblante conocí que mi actitud y palabras le habían producido una inmensa inquietud.
—Quiero significar que no es a usted a quien le toca atreverse a desafiar, teniendo en vista el hecho de que, si no hubiera sido por la feliz circunstancia de haberme encontrado presente esa noche en el parque, hoy sería usted un asesino convicto.
Al oír las últimas palabras, se contrajo aterrado. Como todos los de su clase, era arrogante y tirano con el débil, pero tan fácil de dominar con firmeza como un perro que se somete a la voz de su amo.
—Y ahora—continué,—puedo añadir también que esa misma noche en que casi mató a esta pobre niña que es su víctima, oí sus exigencias. Es usted un vil explotador, el tipo más despreciable y ruin del criminal, y parece haber olvidado que para delitos como los suyos hay leyes severas que castigan.
Usted exige dinero valiéndose de amenaza, y en presencia de una negativa comete un atentado desesperado contra la vida de su esposa. Las pruebas que yo podría presentar contra usted en el tribunal de Asises, lo harían condenar a trabajos forzados por un término de años, ¿me comprende? Voy, por lo tanto, a hacer un convenio con usted: si me promete no molestar más a su esposa, yo guardaré silencio.
—¡Y me hace el favor de decirme quién demonios es usted para que me hable de esta manera... vamos, como un capellán de cárcel en su visita semanal a las celdas!
—Mejor es que sepa contener su lengua, hombre, y reflexione bien en mis palabras,—le dije.—No soy persona de entrar en argumentos. Procedo.
—Pues, proceda como mejor le plazca. Yo haré lo que crea más conveniente, ¿me oye?