—¿Y desafiará el peligro? ¿Se expondrá a todo? Muy bien—repliqué.—Usted conoce lo peor: el presidio.

—Y usted no—rió.—Si así no fuera, no hablaría como un verdadero idiota. Mabel es mi esposa, y nada tiene usted que hacer en el asunto, de manera que ya con esto es suficiente—añadió insolentemente.—En vez de tratar de amenazarme, soy yo quien tiene derecho de preguntarle por qué le encuentro a usted aquí... con ella.

—¡Voy a decírselo!—grité encolerizado, ardiéndome las manos de deseo de darle a ese imprudente bribón una buena y merecida lección.—Estoy aquí para protegerla, porque temo por su vida. Y permaneceré aquí hasta que usted se vaya.

—Pero yo soy su marido, y por consiguiente me quedaré—exclamó el individuo, completamente inalterable.

—Entonces ella se irá conmigo—exclamé con decisión.

—Yo no permitiré eso.

—Usted procederá como yo lo crea conveniente—le dije. Después, volviéndome a Mabel, que había permanecido callada, temblando y pálida, por temor de que nos fuéramos a las manos, añadí:—Póngase su saco y sombrero en el acto, porque se debe volver a Londres, conmigo.

—¡No lo hará!—gritó, sin ceder.—Si mis maldiciones y juramentos consiguen irritarla, los tendrá gruesos y en abundancia.

—Mabel—le dije, sin poner atención en las palabras del rufián, pero retrocediendo para permitirle que pasara,—póngase su saco, hágame el favor. Afuera me espera una volanta.

El bribón intentó hacer un movimiento para impedirle salir de la habitación, pero en el acto mi mano cayó pesadamente sobre su hombro, y en mi cara leyó mi determinación.