—¡Usted se arrepentirá de esto!—silbó amenazadoramente, pronunciando entre dientes una maldición.—Ya sé lo que anda usted buscando... pero—y se rió,—pero jamás obtendrá el secreto que le dio los millones a Blair. Usted cree tener en su mano el hilo que le descubrirá el misterio, pero pronto se dará cuenta de su error.

—¿Y cuál es mi error?

—No asociarse a mí, en vez de insultarme.

—No tengo necesidad de la ayuda de un hombre que atenta contra la vida de una pobre mujer desamparada—le respondí.—Tenga presente que en adelante debe permanecer alejado de ella, o ¡por Job! le aseguro que sin más acá ni más allá, pediré la cooperación de la policía, y su historia pasada demostrará la perversidad de su carácter.

—Haga lo que guste—rió de nuevo desafiadoramente.—Entregándome a la policía le hará a ella el peor de los males. Si duda de lo que digo, pregúnteselo. Tenga cuidado de cómo procede antes de ponerse en ridículo y hacerla víctima a ella.

Y con esta vana y áspera insolencia se dejó caer en el sillón y colocó sus pies sobre el enrejado de la chimenea, asumiendo una actitud indolente y encendiendo tranquilamente un cigarro ordinario y de desagradable olor.

—No tema, será uno solo el que saldrá perdiendo—respondí significativamente.—Y ese será usted.

—Está bien—exclamó,—ya veremos.

Salí de la pieza y me reuní a Mabel, que me esperaba vestida en el vestíbulo. Después de despedirse rápidamente de Isabel Wood, su antigua condiscípula, la saqué de allí, la hice subir a la volanta y con ella me volví a Chipping Norton.

Aun cuando, reflexionando con espíritu más sereno, no podía comprender la posición exacta que ocupaba este joven rufián que se llamaba Herberto Hales, o el significado verdadero de sus ominosas palabras finales de franco desafío, había conseguido, por lo pronto, arrebatar a mi amada de las garras de ese impudente, descorazonado y arrogante bruto y explotador, pero no me atrevía a prever por cuánto tiempo sería. Mi posición era insegura e incierta, como que no podía afrontar abiertamente la situación. Amaba a Mabel, pero no tenía derecho a hacerlo. Era, desgraciadamente, la esposa, ¡ay! la víctima, mejor dicho, de un hombre de tipo vulgar e instintos criminales.