—Sí, lo sospecho—fue su contestación clara y sin vacilación.—Usted conoce su historia, señor Greenwood; usted sabe que él llevaba a todas partes un objeto guardado en una bolsita de gamuza, objeto que era su más precioso tesoro. El señor Leighton me ha dicho que se ha perdido.

—Desgraciadamente es así—repliqué.—Los tres la hemos buscado entre sus ropas y demás equipaje; hemos hecho averiguaciones e interrogado al sirviente del coche-restaurant que lo encontró sin conocimiento en el tren, a los mozos de cordel que lo llevaron hasta el hotel, y, en fin, a todo aquel que podía saber algo, pero no ha sido posible encontrar el menor rastro del objeto buscado.

—Porque ha sido robado deliberadamente—observó.

—Entonces usted abriga la creencia de que ha sido asesinado para ocultar el robo.

Movió la cabeza afirmativamente, con su cara siempre pálida y rígida.

—Pero recuerde, Mabel, que no existe prueba alguna de que se haya cometido un crimen. Ambos médicos, dos de los mejores de Manchester, han declarado que la muerte se ha producido debido a causas enteramente naturales.

—A mí no me importa nada de lo que ellos digan. La bolsita que mi pobre padre cosió con sus propias manos, que durante todos estos años pasados guardó tan cuidadosamente, y que por algún motivo extraño no quiso depositarla en ningún banco o en una segura caja de hierro, ha desaparecido. Sus enemigos se han posesionado de ella, como yo tenía la certeza de que lo harían.

—Recuerde que él me mostró esa bolsita de gamuza, la primera noche que nos conocimos—le dije.—Me declaró entonces que lo que en ella se encerraba le daría fortuna... y ciertamente que ha sido así—añadí, paseando la mirada por el magnífico salón.

—Le dio riquezas, pero no felicidad, señor Greenwood—respondió tranquilamente.—Esa bolsita, cuyo contenido jamás vi, ni supe lo que era, la llevó siempre consigo, ya en su bolsillo, ya pendiente del cuello, desde que vino a su poder, muchos años ha. En todos sus trajes tenía un bolsillo especial para guardarla, y de noche la colocaba en un cinturón, hecho también especialmente para el objeto, que usaba bien ajustado a la cintura. Creo que la consideraba como una especie de hechizo, o talismán, que, además de ser la fuente de su gran fortuna, lo preservaba de todas las desgracias y males. La razón de esto no puedo decirla, porque no la conozco.

—¿Nunca se cercioró usted de qué índole era el objeto que él consideraba tan precioso?