—Traté muchas veces de hacerlo, pero nunca quiso revelármelo. «Era su secreto» me decía, y no añadía una palabra más.

Reginaldo y yo habíamos tratado innumerables veces de saber lo que encerraba esa misteriosa bolsita, pero no habíamos tenido mejor éxito que la encantadora joven que estaba de pie delante de mí. Burton Blair era un hombre raro, tanto en actos como en palabras, muy reservado en sus asuntos particulares, y, sin embargo, aunque parezca bastante extraño, cuando la prosperidad le sonrió, convirtiose en un príncipe de bondad y de nobleza.

—¿Pero quiénes eran sus enemigos?—le inquirí.

—¡Ah! eso también lo ignoro completamente—respondió.—Como usted lo sabe, durante los dos últimos años se ha visto rodeado por aventureros y parásitos de todas clases, como les sucede siempre a los hombres ricos, a los cuales, Ford, su secretario, ha conseguido mantener a buena distancia. Puede ser que les fuera conocida la existencia de ese precioso objeto, y que mi pobre padre haya sido víctima de alguna trama infame. A lo menos esa es mi firme idea.

—Entonces, si es así, hay que informar a la policía—exclamé.—La bolsita de gamuza que él me mostró la noche de nuestro primer encuentro, se ha perdido, y aun cuando todos la hemos buscado con el mayor empeño y cuidado, ha sido inútil. Sin embargo, ¿qué beneficio podrá reportar a la persona que la posea, si le falta la clave de lo que en ella se encierra?

—¿Pero no estaba también esa clave, sea lo que fuere, en manos de mi padre?—preguntó Mabel Blair.—¿No fue el descubrimiento de esa misma clave lo que nos dio todo esto que poseemos?—repitió, con esa encantadora dulzura femenina que era su más atrayente característica.

—Exactamente. ¡Pero su papá, que era tan prudente y sagaz, no debía llevar consigo ambas cosas: el problema y la clave! No puedo creer que cometiese semejante necedad.

—Ni yo tampoco. Aun cuando era su única hija, y la depositaria de toda la historia de su vida, había una cosa que me ocultaba persistentemente, y era la índole de su secreto. Algunas veces he abrigado la sospecha de que tal vez no era muy honorable; que probablemente sería uno de esos que un padre no se atreve a revelar a su hija. Y, sin embargo, nadie lo ha acusado jamás ni le ha echado en cara un acto doloso o deshonesto. Otras veces me parecía notar en su fisonomía y maneras un sello de verdadero misterio, que me hacía pensar que el origen de nuestra fortuna ilimitada era extraño y romántico, y que si el mundo tenía conocimiento de él, lo consideraría como una cosa increíble. Una noche que estábamos sentados aquí después de la comida, y mientras fumaba, se entretuvo en hablarme de mi pobre madre, que murió en unas habitaciones de una obscura calle de Manchester, cuando él estaba ausente en un viaje por la costa occidental de Africa; pero en el correr de la conversación declaró que, si Londres llegaba a conocer alguna vez el origen de sus riquezas, se quedaría asombrado. «Pero—añadió—es un secreto que tengo la firme intención de llevármelo a la tumba.»

Muy extraño era, pero estas mismas palabras me las había dicho dos años antes, estando sentado delante del fuego en nuestras habitaciones de la calle Great Russell, al hacerle yo alusión a su maravillosa suerte. Estaba muerto, y una de dos, o había cumplido su amenaza de destruir toda prueba de su secreto, encerrado en la usada bolsilla de gamuza, o le había sido hábilmente robado.

La curiosa y mal escrita carta que había encontrado en el equipaje de mi amigo, a la vez que me había llenado de confusión, había hecho nacer en mí ciertas sospechas que hasta ese momento no había abrigado. No le dije nada de esto a Mabel, porque no deseaba causarle mayores penas ni ansiedades. Desde que nos habíamos conocido la primera vez, y durante todos los años transcurridos, siempre habíamos sido buenos amigos. Aun cuando Reginaldo era quince años mayor que ella, y yo trece, creo que a los dos nos consideraba como si hubiéramos sido sus hermanos mayores.