—El registro dice que hay que descender hasta el punto detrás del cual un hombre puede defenderse de cuatrocientos—exclamó Reginaldo, leyendo una copia del original que sacó del bolsillo.—Esto parece indicar que la entrada está en alguna estrecha grieta entre dos rocas. ¿No ves tú algo parecido?

Miré con ansiedad en derredor, pero me vi obligado a confesar que no distinguía nada que coincidiera con la descripción.

Tan abrupto era el obscuro peñasco de piedra caliza que bajaba hasta el agua, que me aproximé a su borde con gran precaución, y después, echándome de bruces, me arrastré y miré por sobre su peligrosa orilla. Al hacerlo, se aflojó un enorme pedazo de roca y cayó al río con gran estrépito.

Observé todo con mucho cuidado, pero no pude ver nada, absolutamente nada, que estuviera en conformidad con lo que el antiguo bandido Poldo Pensi había dejado registrado.

Durante media hora larga anduvimos escudriñando en vano, hasta que comprendimos, alarmados, que, como no habíamos medido con exactitud los pasos señalados desde el Puente del Diablo, no estábamos en el punto preciso. Retrocedimos el camino andado, lenta y trabajosamente, volviendo a tener que pasar por entre las malezas casi impenetrables, desgarrando nuestras ropas e hiriéndonos, y una vez que llegamos al puente, que era el punto de partida, emprendimos de nuevo la marcha.

Tan equivocado había sido nuestro cálculo, que a los trescientos ochenta y siete pasos de la segunda exploración pasamos por el lugar que con tanta minuciosidad habíamos escudriñado momentos antes, y continuando nuestro camino, siempre adelante, nos paramos al llegar a los cuatrocientos cincuenta y seis pasos, sobre la cima de un alto campo muy similar al otro, aun cuando más agreste y todavía más inaccesible.

—Aquí no parece haber nada—observó Reginaldo, cuya cara estaba toda lastimada por las malezas espinosas y chorreaba sangre.

Miré en contorno y tuve, con disgusto, que ratificar sus palabras. Los árboles eran grandes y sombríos donde estábamos parados, inclinándose algunos de ellos sobre la profunda quebrada por donde el río serpenteaba. Cautelosamente nos arrastramos de bruces hasta el borde de la roca, usando esta precaución, porque no sabíamos si la orilla estaba podrida, e inspeccionamos el punto con mirada penetrante.

—¡Mira!—gritó mi amigo señalando un lugar que había hacia el fondo del peñasco, a mitad de camino del profundo río, después que daba la abrupta vuelta,—allí hay unos escalones y una senda estrecha que conduce más abajo. ¿Y qué es aquello?

XXVIII