Le referí exactamente todo lo que deseaba saber, y cuando se hubo cerciorado, exclamó:

—Ha conseguido usted triunfar ciertamente en lo que yo le predije que fracasaría, y su presencia aquí me llena de sorpresa. Aparentemente ha vencido todos los obstáculos que se le han presentado, y hoy viene a reclamar de mí lo que por derecho es suyo, sin duda alguna.

Parecía hablar con sinceridad, pero debo confesar que yo no tenía confianza en él y que todavía abrigaba recelos.

—Antes de que pasemos adelante, sin embargo—continuó, de pie, con sus manos metidas dentro de las anchas mangas de su hábito,—voy a preguntarle si tiene usted la intención de observar los mismos métodos que puso en práctica el señor Blair, el cual adjudicaba una octava parte del dinero derivado del secreto a nuestra orden de capuchinos.

—Ciertamente que sí—repliqué, algo sorprendido.—Mi deseo es respetar en todos conceptos las obligaciones de mi difunto amigo.

—Esa es una promesa que hace usted—dijo con cierta ansiedad.—Es preciso que la haga solemnemente... vamos, que jure. ¿Quiere repetirla? ¡Levante su mano—Y señaló el gran crucifijo que había en la blanca pared.

Levanté mi mano y exclamé:

—Juro proceder como Burton Blair ha procedido.

—Muy bien—replicó el monje, al parecer satisfecho de que era un hombre de honor.—Supongo entonces que ha llegado el momento de revelarle el secreto, aunque no dudo que le causará indecible sorpresa. Piense, señor, que es usted todavía un hombre relativamente pobre, pero que dentro de media hora será más rico de lo que se ha forjado en sus más extravagantes sueños... que tendrá millones, como sucedió con Burton Blair.

Le atendía atónito, dando apenas crédito a lo que mis oídos escuchaban. Sin embargo, ¿para qué me servía poseer riquezas fabulosas, ahora que había perdido a mi amor?