—Esperamos conocer el secreto del cardenal Sannini—fue mi franca respuesta, sabiendo bien que él estaba en posesión de la verdad, y sospechando que, junto con el inglés tuerto, había sido también socio de Blair.
Las facciones, toscas y tostadas por el sol, del monje asumieron una expresión enigmática y confusa, porque comprendió que algo habíamos conseguido saber, pero sin embargo vaciló interrogarnos por temor de descubrirse a sí mismo. Los capuchinos, como los jesuitas, son admirables diplomáticos. Indudablemente la fascinación personal que ejercía el monje, se debía en parte a su espléndida presencia. Su cara era hermosa, despejada, con facciones bien delineadas y enérgicas, dulcificadas por unos ojos en que parecía brillar la luz de la perpetua juventud, con una cándida expresión modesta.
—Entonces ha recuperado usted el registro—observó al fin, mirándome fijamente a la cara.
—Sí, y como lo he leído—contesté,—he venido aquí a investigarlo y reclamar el secreto que me ha sido legado.
Respiró con fuerza, nos miró un momento a los dos, y sus negras cejas cargadas se contrajeron. Hacía calor donde estábamos sentados, porque el brillante sol italiano caía de plano sobre nosotros; por lo tanto, sin responderme, se levantó y nos invitó a entrar en su pequeña celda fresca, pieza cuadrada y desnuda, con piso de tabla, cuyo mobiliario se componía de una cama de madera, baja y anticuada, con un pedazo de una vieja colcha obscura por cobertor, un priedieu Renacimiento, de roble antiguo tallado, ennegrecido por el uso y el tiempo, una silla, una lámpara de colgar, y en la pared un gran crucifijo.
—¿Y el señor Dawson?—preguntó al fin, cuando Reginaldo se hubo sentado en la orilla de la cama y yo en la silla.—¿Qué es lo que él dice?
—No tengo necesidad de pedirle su opinión—repliqué rápidamente.—Por la ley el secreto del cardenal es mío, y nadie puede disputármelo.
—Salvo su actual poseedor—fue su tranquila observación.
—Su actual poseedor no tiene derecho sobre él. Burton Blair me lo ha regalado, y por consiguiente es mío—declaré.
—Yo no disputo eso—contestó el monje.—Pero como guardián del secreto del cardenal, tengo derecho de saber cómo ha venido a sus manos el registro inscripto en las cartas, y cómo ha conseguido usted la clave de la cifra.