—¡Ah!—suspiró,—he cambiado de opinión. Murió de causas naturales, pero justamente en el momento en que se iba a llevar a cabo un atentado secreto contra su vida. Herberto Hales, a quien mi padre no conoció, y Dawson, se embarcaron en el mismo tren en que él partió para Manchester, y no tengo la menor duda de que tenían intención, si la oportunidad se les presentaba, de herirlo con el mismo cuchillo fatal con que más tarde se llevó a cabo el atentado contra usted. La muerte, sin embargo, les arrebató su víctima.
—Pero, ¿qué es de ese bribón que la cruel suerte le deparó como esposo?
—El Juicio Divino lo ha juzgado—fue su contestación casi mecánica.
—¡Qué!—balbucí lleno de ansiedad.—¿Ha muerto?
—La noche que usted partió de Londres tuvo una cuestión con Dawson, y otra vez el tuerto demostró su notable astucia, porque, con el fin de librarse de Hales y hacer desaparecer los hechos deshonrosos que éste conocía, parece que informó confidencialmente a la policía de un robo cometido después de las carreras en Kempton Park, hace cerca de un año y que dio por resultado la muerte del damnificado, pues para robarle una gran suma de dinero que llevaba consigo, fue gravemente herido. Dos detectives se trasladaron a las habitaciones de Hales, en la calle Lomer Seymour, como a las dos de la mañana, pero él, comprendiendo que Dawson había cumplido su amenaza, se encerró y aseguró bien las puertas. Cuando, al fin, consiguieron echar una abajo, lo encontraron tendido en el suelo, completamente muerto, con un revólver a un lado.
—¡Entonces, es usted libre, Mabel, libre para casarse conmigo!—grité, casi fuera de mí de alegría.
Ella bajó la cabeza y contestó, en una voz apenas perceptible:
—No, Gilberto, no lo merezco; soy indigna de eso. Lo he engañado.
—Lo pasado ha pasado, y está todo olvidado—exclamé, tomando su mano y agachándome hasta que mis ardientes y apasionados labios tocaron los suyos.—¡Es usted mía... sólo mía, Mabel!—grité.—Esto es, por cierto, si se atreve a depositar su porvenir en mis manos.
—¡Si me atrevo!—repitió, sonriéndose a través de las lágrimas, que llenaban sus ojos.—¿No he confiado en usted en estos cinco años? ¿No ha sido usted, acaso, mi mejor amigo desde la noche en que por primera vez nos conocimos, hasta este momento?