—¿Pero siente usted por mí, queridísima Mabel, suficiente estimación?—le pregunté, profundamente conmovido por sus palabras.—Quiero decir, ¿me ama?

—Sí, Gilberto, le amo—balbució, bajando los ojos modestamente.—Es al único hombre que he amado en toda mi vida.

Entonces la estreché contra mi pecho, y en esos momentos de éxtasis le repetí a mi amada la vieja historia de amor tantas veces referida, y que todo hombre en el mundo repite a la elegida de su corazón, a la mujer ante quien se postra en adoración.

—¿Y qué más necesito decir? Una deliciosa sensación de placer hacía palpitar mi corazón. ¡Era mía, mía para siempre! Estaba convencido de que durante todos los terribles sufrimientos por que había pasado, me había sido siempre sincera y leal. Ella, ¡pobrecita! había sido, como su padre, la inocente víctima del ingenioso aventurero Dawson y del joven bribón y sin escrúpulos que había sido su instrumento, los cuales la habían persuadido, por medio de engaños y de amenazas, a que consintiera en ese fatal casamiento, con el fin de poseer, después, toda la enorme fortuna de Blair.

La suerte, sin embargo, les fue adversa, y en vez de triunfar, su propia avaricia e ingenio les dio por resultado verse derrotados, y, al mismo tiempo, me colocó a mí en la posición que ellos habían tenido la intención de ocupar.

CONCLUSIÓN

Mabel y yo estamos ya casados, y no hay, ciertamente, en todo Londres, una pareja tan verdaderamente feliz como nosotros.

Después de las tempestades y embates de la vida nos ha sido concedida una tranquilidad plácida y dichosa. El fiel Ford ha vuelto a nuestro lado, como mi secretario, y frecuentemente nos burlamos de Reginaldo, que ha vendido su negocio de encajes, por su profunda admiración por Dolly Dawson, la que, a pesar de ser hija de un aventurero, es una niña muy encantadora y modesta, me veo obligado a confesarlo, y estoy seguro de que será una excelente compañera para mi antiguo condiscípulo y viejo amigo.

El otro día le preguntó, con la mayor reserva, a la señora Percival, que reside con nosotros en Mayvill, si creía que Mabel tomaría a mal que él se declarara a Dolly. Se ve, pues, que sus pensamientos se encaminan, evidentemente, a las sendas matrimoniales.

El anciano Hales vive siempre en las Encrucijadas de Owston, y hace poco que vino a Londres, acompañado de su esposa, a hacernos una larga visita.