—Hace ya más de cinco años que soy su amigo, Mabel, y, por lo tanto, confío en que me permitirá cumplir la promesa que hice a su papá—exclamé, poniéndome de pie delante de ella y hablándole con profunda solemnidad.—Sin embargo, desde el principio debemos entendernos de una manera clara y formal. Por consiguiente, permítame, Mabel, que le hable en este momento con toda la mayor ingenuidad posible, como un hombre lo debe hacer con una mujer que es su verdadera amiga. Es usted joven, Mabel, y... vamos, usted lo sabe, muy... muy bella...
—No, señor Greenwood, le aseguro que hace usted muy mal en decir eso—me interrumpió, sonrojándose al escuchar mi cumplimiento.—Estoy convencida de que...
—Escúcheme, le ruego—continué con fingida severidad.—Es usted joven, muy bella y rica; posee, por lo tanto, los tres atributos necesarios que hacen que una mujer sea preferida en nuestra actual época moderna, ya que ahora se estiman en tan poca cosa el amor y los sentimientos. Bien entonces; las personas que observen nuestra íntima amistad declararán, no hay duda, con mala intención, que estoy tratando de casarme con usted por su dinero. Estoy seguro de que el mundo dirá esto, pero yo quiero que usted me prometa refutar en el acto semejante afirmación. Deseo que usted y yo seamos amigos firmes y sinceros, como lo hemos sido siempre, sin el más ligero pensamiento de afecto recíproco. Puedo admirarla, como siempre la he admirado, lo declaro ahora, pero todo amor de mi parte hacia usted está completamente descartado, teniendo presente que soy un hombre de recursos limitados. Comprenda bien, Mabel, que no deseo hacer méritos por lo pasado, ahora que su padre no existe y se encuentra usted sola. Comprenda también, desde el principio, que al tenderle mi mano lo hago como amigo sincero, lo mismo que lo haría con Reginaldo, mi antiguo condiscípulo y mejor amigo, y que, en adelante, defenderé sus intereses como si fuesen los míos propios.—Y, entonces, le tendí mi mano.
Durante un momento vaciló, porque mis palabras, al parecer, le habían producido la más profunda impresión.
—Muy bien—dijo tartamudeando, y me miró a la cara un segundo.—Es un convenio, si así lo quiere usted.
—Deseo, Mabel, cumplir la promesa que le hice a su padre. Como usted sabe, tengo para con él una gran deuda de gratitud por su generosidad, y anhelo, por consiguiente, como prueba de mi agradecimiento, ocupar su lugar y proteger a su hija, proteger a usted, Mabel.
—¿Pero no somos, acaso, nosotros dos, mi padre y yo, los que estamos, en primer término, endeudados con usted?—exclamó.—Si no hubiera sido por la benevolencia del señor Seton y de usted, yo habría seguido vagando, tal vez, hasta morir en algún camino.
—¿Y qué es lo que su papá buscaba?—le pregunté.—Seguramente, él se lo debió decir.
—No, nunca me lo dijo. Ignoro la razón que tuvo para andar tres años recorriendo toda Inglaterra. Tenía un fin expreso, no hay duda, que al cabo realizó, pero jamás me reveló lo que era.
—Supongo que debía ser algo que se relacionara con el objeto que llevaba siempre consigo, ¿no es verdad?