—Creo que sí—fue su contestación. Luego añadió, volviendo a sus observaciones anteriores.—¿Por qué habla usted de su deuda para con él, señor Seton, cuando yo bien sé que usted, con el fin de poder pagar la pensión de mi colegio en Bournemouth, vendió su mejor caballo, y no pudo, por consiguiente, gozar de sus cacerías esa temporada? Se privó usted del único placer que tenía, para que yo pudiera estar en las mejores condiciones posibles.
—Le prohíbo que vuelva a mencionar eso—le dije rápidamente.—Recuerde ahora que somos amigos, y que entre amigos no puede haber cuestiones de deudas.
—Entonces no debe usted hacer alusión a los pequeños servicios que mi padre le hizo—respondió riendo.—¡Vamos, voy a ser ingobernable, si usted no sabe cumplir la parte que le toca en el convenio!
Y así fue cómo nos vimos obligados, desde ese momento, a renunciar a todo, y volver a reanudar nuestra amistad sobre una base firme y perfectamente bien definida.
Sin embargo, ¡qué extraño era! La belleza de Mabel Blair, al contemplarla de pie, delante de mí, en aquella magnífica mansión, que ahora le pertenecía exclusivamente, era, no hay duda, capaz de trastornar la cabeza de cualquier hombre que no fuese un juez severo o un cardenal católico; muy diferente, por cierto, de la pobre niña, desmayada y sin fuerzas, que por primera vez vi caída, junto al camino, en medio del triste crepúsculo invernal.
V
EN EL CUAL EL MISTERIO AUMENTA CONSIDERABLEMENTE
La desaparición o pérdida del precioso objeto, documento o lo que fuese, encerrado dentro de la bolsita de gamuza, que el muerto había conservado tan cuidadosamente durante tantos años, era ahora, por sí sola, una circunstancia muy sospechosa, mientras las vagas pero firmes aprensiones de Mabel, que no quería o no podía definir, habían despertado en mí nuevos recelos sobre la muerte de Burton Blair, recelos que me hacían pensar que había sido víctima de una infamia.
En el acto que me despedí de ella, me encaminé a Bedford Row, donde tuve otra consulta con Leighton, al cual le expliqué mis serios temores.
—Como ya le dije, señor Greenwood—exclamó el abogado cuando hube terminado, recostándose en su silla y mirándome gravemente a través de sus anteojos,—creo que mi cliente no ha fallecido de muerte natural. En su vida ha habido algún misterio, alguna extraña circunstancia romántica que, desgraciadamente, nunca creyó conveniente confiármela. Poseía un secreto, según me dijo, y, debido al conocimiento de ese secreto, obtuvo su gran fortuna. Hace media hora que he hecho un cálculo aproximado del valor actual de sus bienes, y, por lo bajo, creo que la suma pasará de dos y medio millones de esterlinas. Pero decirle, en confianza, que el total de esta fortuna pasa derecho a su hija, exceptuando varios legados, entre los cuales están incluidas diez mil libras para el señor Seton y otras diez mil para usted; dos mil para la señora Percival, y algunas pequeñas sumas para los sirvientes. Pero—añadió,—hay una cláusula en el testamento muy enigmática, y que le afecta a usted íntimamente. Como ambos tenemos sospechas de que se ha cometido un acto infame, pienso que puedo mostrársela ahora mismo, sin aguardar el entierro de mi infortunado cliente, y la lectura formal de su testamento.