Se levantó, y de una gran caja negra de papeles, con la siguiente inscripción: «Burton Blair, Esquire», sacó el testamento del muerto, y, abriéndolo, me mostró la siguiente cláusula:
«(10) Dono y lego a Gilberto Greenwood, de Los Cedros, Helpstone, la bolsita de gamuza que se encontrará en mi persona en el momento de mi muerte, con el objeto de que pueda sacar provecho de lo que hay dentro de ella, y como compensación de ciertos servicios valiosos que me hizo. Pero es preciso que recuerde siempre esta rima:
Henry the Eighth was a knave to his queens,
He'd one short of seven—and nine or ten scenes!
y que sepa ocultar muy bien el secreto a todos los hombres, exactamente como yo lo he hecho.»
Era todo. ¡Una cláusula extraña, ciertamente! ¡Burton Blair, después de todo, me había legado su secreto; el secreto que le había dado su colosal fortuna! Sin embargo, había desaparecido... robado, probablemente, por sus enemigos.
—Es una copla curiosa—sonrió el abogado.—Pero el pobre Blair tenía, según creo, poca cultura literaria. Poseía mayores conocimientos marinos que poéticos. Empero, después de todo, la situación es bien molesta e intrigada para usted, el secreto del origen de la enorme fortuna de mi cliente le ha sido legado, y, ahora, se encuentra con que le ha sido robado de esta extraña manera.
—Pienso que sería mejor consultar a la policía, y explicar nuestras sospechas—dije con amarga pena al ver que la bolsita de gamuza había caído en otras manos.
—Estoy completamente de acuerdo con usted, señor Greenwood. Iremos juntos a la Scotland Yard y solicitaremos que inicien las pesquisas necesarias. Si, en efecto, el señor Blair ha sido asesinado, entonces el crimen se ha cometido de la manera más secreta y notable, para decir lo menos posible. Pero hay otra cláusula en el testamento, que es algo inquietante, y que se relaciona con su hija Mabel.
El testador ha designado como su secretario y administrador de sus bienes, a una persona desconocida para mí, de quien nunca he oído hablar: a un tal Paolo Melandrini, italiano, que, según parece, vive en Florencia.
—¡Qué!—grité, atónito.—¡A un italiano para secretario de Mabel! ¿Quién es ese hombre?