—Una persona que no conozco, como ya he dicho, cuyo nombre, en verdad, nunca se lo oí mencionar a mi cliente. Cuando hice el testamento, no hizo más que dictármelo para que yo lo escribiese.

—¡Pero eso es absurdo!—exclamé.—Ciertamente que no es posible permita usted que un extranjero desconocido, que bien puede ser un aventurero por todo lo que sabemos, tenga completo contralor sobre sus bienes.

—Temo que no se pueda evitar—replicó Leighton, gravemente.—Aquí está escrito, y nos veremos obligados a comunicarle a este hombre, sea quien sea, su nombramiento, con un sueldo de cinco mil libras anuales.

—¿Y tendrá, en efecto, completo poder sobre sus asuntos?

—Absolutamente. Para decir verdad, ella hereda toda la fortuna con la condición de que acepte a este individuo como su secretario y consejero confidencial.

—¡Blair debía estar loco!—exclamé.—¿Conoce Mabel a este misterioso italiano?

—No ha oído nunca nada sobre él.

—En ese caso, pienso que antes de informarlo de la muerte del pobre Blair y de la buena fortuna que le aguarda, debemos, por lo menos, descubrir quién es él. De cualquier modo, podemos vigilarlo cuidadosamente, una vez que esté en su puesto, y ver que no malgaste el dinero de Mabel.

El abogado suspiró, limpió lentamente sus anteojos, y observó:

—Tendrá en sus manos la administración de todo, y, por lo tanto, será difícil saber lo que desaparece, o cuánto guarda en su bolsillo.