—Pero, ¿qué motivo pudo tener Blair, o qué se posesionó de él, para haber dictado semejante cláusula? ¿Usted no le hizo notar la locura que cometía?
—Sí, se lo hice notar.
—¿Y qué le dijo?
—Reflexionó un momento, pensó mis palabras, suspiró, y luego me contestó: «Es imperativo, Leighton. No tengo otra alternativa.» Por eso he sospechado que procedió así bajo presión.
—¿Cree usted que este extranjero estaba en condiciones de exigírselo?
El abogado sacudió afirmativamente la cabeza. Era evidente que él opinaba que existía una razón secreta para introducir en la casa de Mabel a este desconocido, razón sólo conocida por Burton Blair y este individuo. Me pareció extraño que Mabel no me lo hubiera dicho, pero quizá habría vacilado al manifestarle yo la promesa que le habría hecho a su padre, y en vista de eso, no se habría animado a herir mis sentimientos. La situación se hacía, cada hora que pasaba, más misteriosa y complicada.
Yo estaba, sin embargo, decidido a efectuar dos cosas: primero, recuperar el objeto más precioso del millonario, el cual me lo había legado junto con la orden expresa de recordar esa copla extraordinaria, que se había impreso en mi mente; y segundo, hacer averiguaciones secretas sobre este extranjero desconocido, que tan repentinamente había aparecido tomando parte en el asunto.
Aquella misma tarde, a eso de las seis, habiéndome reunido con Reginaldo, pues así lo habíamos convenido, en el estudio del señor Leighton, los tres subimos a un coche y nos dirigimos a la Scotland Yard, donde tuvimos una larga conferencia con uno de los oficiales superiores de la policía, a quien explicamos las circunstancias y nuestras sospechas de que se hubiera cometido un crimen.
—Voy a ordenar, por cierto, que se hagan averiguaciones en Manchester y en otras partes—contestó al fin,—pero como el testimonio médico ha demostrado tan concluyentemente que ese caballero ha muerto por causas naturales, no me es posible abrigar muchas esperanzas de que nuestro departamento policial de detectives o el de Manchester pueda ayudarles. Los motivos que alegan ustedes para suponer que ha sido víctima de un acto infame, son muy vagos, como deben ustedes mismos reconocerlo, y, según mi entender, la única base verdadera que tienen para estas sospechas es el robo de ese documento, objeto o lo que sea, que llevaba consigo. Sin embargo, no se mata a un hombre, por lo general, a la plena luz del día, con el fin de cometer un robo, que cualquier ratero hábil lo puede hacer sin recurrir a ese medio. Además, si sus enemigos o rivales sabían lo que era o conocían la costumbre que tenía de llevarlo siempre consigo, habrían podido apoderarse de él fácilmente sin asesinarlo.
—Pero él estaba en posesión de cierto secreto—observó el abogado.