—¿De qué índole era el secreto?

—Desgraciadamente, no tengo la menor idea sobre ello. Nadie lo conoce. Todo lo que sabemos es que su posesión lo sacó de la pobreza y lo enriqueció, y que había una persona, por lo menos, que estaba ansiosa por conseguir poseerlo.

—Naturalmente—observó el anciano director auxiliar de la oficina de investigaciones criminales.—Pero ¿quién es esa persona?

—Tengo la desgracia de no saberlo. Mi cliente me lo manifestó hará un año, pero no me indicó ningún nombre.

—¿Entonces, no abriga usted sospechas sobre alguien, sea quien sea?

—A nadie puedo señalar. La bolsita de gamuza, dentro de la cual estaba el documento u objeto, ha sido robada, y este hecho ha despertado nuestros recelos.

El enjuto y grave empleado movió la cabeza muy dudosamente.

—Esa no es bastante base para fundar una sospecha de asesinato, especialmente cuando hay que tener en cuenta que poseemos todos los testimonios de la pesquisa que se ha efectuado, de la autopsia y del veredicto unánime del jurado de los coroner. No, caballeros—añadió,—no encuentro un fundamento serio para abrigar sospechas verdaderas. Después de todo, puede ser que el documento no haya sido robado. Parece que el señor Blair era de un carácter algo excéntrico, como muchos hombres que repentinamente surgen y se elevan en el mundo, y es posible lo haya ocultado en algún punto seguro. Para mí, esto me parece que es lo más probable, especialmente cuando él había expresado el temor de que sus enemigos trataran de apoderarse de él.

—¡Pero, si hay sospecha de crimen, es deber de la policía investigarlo, ciertamente!—exclamé yo, con algún resentimiento.

—Convencido. Pero ¿dónde está la sospecha? Ni los médicos, ni el coroner, ni la policía local, ni el jurado, abrigan la menor duda de que no ha muerto por causas naturales—arguyó.—En este caso, la policía de Manchester no tenía derecho ni necesidad de intervenir en el asunto.