—Pero ha habido un robo.

—¿Qué prueba tienen ustedes de eso?—preguntó, levantando sus cejas encanecidas y golpeando la mesa con su pluma.—Si pueden ustedes demostrarme que se ha cometido un robo, entonces pondré en movimiento las varias influencias bajo mi mando. Por el contrario, ustedes sólo sospechan que esa bolsita, cuyo contenido se ignora, ha sido robada. Sin embargo, puede ser que esté oculta en algún punto difícil de descubrir, pero, no obstante, bien segura. Como ustedes tres, empero, sostienen que el desgraciado caballero ha sido asesinado con el fin de apoderarse de este misterioso y pequeño objeto, que él guardaba con tanto cuidado, me comunicaré con la policía de la ciudad de Manchester y le pediré que hagan todas las averiguaciones que le sea posible. Más que eso, caballeros—añadió suavemente,—temo que mi departamento no pueda ayudarles.

—Entonces, todo lo que me queda que responder—observó el señor Leighton, duramente,—es que está completamente justificada la opinión pública sobre la futilidad de esta rama de la policía, para el descubrimiento de los crímenes, y no dejaré de llamar la atención del público en este asunto por medio de la prensa. Es, sencillamente, una vergüenza.

—Yo, señor, procedo según mis instrucciones, como también en conformidad con lo que usted mismo me ha manifestado—respondió.—Le aseguro a usted que, si yo ordenase que se hiciesen investigaciones en todos los casos en que se sospecha o se afirma que se han cometido homicidios, necesitaría una fuerza de detectives tan grande como la del ejército inglés. No pasa un día sin que reciba docenas de visitantes secretos y de cartas anónimas, todas ellas comunicando supuestos asesinatos, en que, generalmente, se mencionan personas por quienes tienen algún motivo de antipatía. Dieciocho años al frente de este departamento pienso que me han enseñado a saber distinguir los casos que merecen ser investigados, y el de ustedes no lo es.

Todo argumento probó ser inútil. El funcionario policial tenía la convicción de que Burton Blair no había sido víctima de un crimen, y, por lo tanto, no podíamos esperar ninguna ayuda de él. Con marcado disgusto nos levantamos y salimos de la Scotland Yard, volviendo a Whitehall.

—¡Es un escándalo!—declaró enojado Reginaldo.—El pobre Blair ha sido asesinado, todo parece indicarlo, y la policía, sin embargo, no quiere levantar ni un dedo para ayudarnos a conocer la verdad, porque un médico ha descubierto que el corazón era su punto débil. Es fijar un premio al crimen—añadió, cerrando los puños ferozmente.—Voy a referirle todo el asunto a mi amigo Mill, el miembro del Parlamento por Derbyshire del Oeste, y pedirle que haga una interpelación en la Cámara de los Comunes. ¡Veremos qué dice a esto el nuevo secretario del interior! Será una píldora bien desagradable para él, no lo dudo.

—¡Oh! ya tendrá preparada alguna disculpa oficial escrita a máquina, no tema usted—rió Leighton.—Si ellos no quieren ayudarnos, nosotros debemos hacer las investigaciones por nuestra cuenta.

El abogado se despidió de nosotros en la plaza Trafalgar, conviniendo en reunirse con nosotros en la de Grosvenor, después del funeral, para leer formalmente el testamento delante de la hija del muerto y de su compañera, la señora Percival.

—Y, después—añadió,—tendremos que dar pasos activos para descubrir a este misterioso individuo que en lo porvenir deberá manejar su fortuna.

—Yo seré quien me encargue de las averiguaciones—dije.—Felizmente, hablo el italiano, y, por consiguiente, antes de comunicarle la muerte de Blair, iré a Florencia y me cercioraré de quién es este hombre.