—Pero ¿quién es ese hombre, me hace el favor de decir?—preguntó la señora Percival, con su voz tranquila y educada.—Jamás oí al señor Blair hablar de esa persona.

—Ni yo tampoco—declaró Leighton, que había suspendido un momento para arreglarse bien los anteojos, y después prosiguió la lectura del documento hasta el fin.

Todos nos alegramos cuando terminó la grave ceremonia. En seguida, Mabel me indicó, en voz baja, que deseaba verse a solas conmigo en el salón de la mañana; y cuando estuvimos los dos allí y hube cerrado la puerta, me dijo:

—Anoche he estado registrando la pequeña caja de hierro que hay en el dormitorio de mi padre, donde algunas veces guardaba sus papeles particulares, cartas confidenciales y otras cosas. Encontré una cantidad de cartas de mi pobre madre, que le había escrito hacía años, cuando andaba navegando, pero nada más, salvo esto.—Y sacó de su bolsillo una pequeña carta de juego, manchada y arrugada, un as de copas, sobre la cual había escritas ciertas mayúsculas cabalísticas, en tres columnas.

Con el fin de que mis lectores puedan darse clara cuenta del arreglo y posición en que estaban las letras, creo conveniente reproducirla aquí.

A A
O O
NI
OI
SN
T
G
K
A

—¡Es curioso!—observé, dándole vuelta en mi mano ansiosamente.—¿Ha tratado usted de descubrir qué significado encierran estas palabras?

—Sí, pero creo que son cifradas. Notará usted que las dos columnas superiores empiezan con A, y que la de abajo termina con la misma letra. La carta es el as de copas, y, en todos estos puntos, descubro algún significado oculto.

—No hay duda—respondí.—¿Pero se ha fijado usted si estaba guardada cuidadosamente?

—Sí, estaba dentro de un sobre de hilo, bien sellado, y con un letrero de mi padre, que decía: «Burton Blair, privado». ¿Qué podía significar?