—¡Ah! yo también cavilo en lo mismo—exclamé, reflexionando profundamente en el asunto y contemplando aún las tres columnas de catorce letras. Traté de descifrar aquel enigma por los métodos de uso general y conocidos, pero no pude sacar nada inteligible. Aquí se encerraban algunas palabras ocultas, y siendo completamente indescifrables, me producían ansiedad y me daban mucho que pensar. La razón por qué Blair había conservado esa carta con tan profunda reserva, era un misterio, por no decir otra cosa.
Sospeché que en ella debía haber algún hilo oculto de su secreto, pero no pude adivinar de qué naturaleza sería.
Después que discutimos largamente el asunto, sin llegar a ninguna conclusión satisfactoria, le aconsejé que hiciera un viaje al extranjero con la señora Percival, por unas pocas semanas, para que cambiara de ambiente y se esforzara en olvidar su inesperada desgracia, pero sacudió la cabeza, murmurando:
—No, prefiero quedarme aquí. La pérdida de mi querido padre me será tan dolorosa aquí como en el extranjero.
—Pero debe tratar de olvidar—insistí con profunda simpatía en presencia de su pena.—Nosotros estamos haciendo los mayores esfuerzos para descubrir el misterio que rodeaba las acciones de su padre y las causas que han producido su muerte. Esta noche parto para Italia, con el objeto de hacer averiguaciones secretas sobre este individuo que ha sido nombrado su secretario.
—¡Ah! sí—suspiró.—¿Qué motivo podrá haber tenido mi padre para poner mis asuntos en manos de un extranjero? ¿Quién será este hombre?
—Probablemente, debe ser algún antiguo amigo de su papá—le indiqué.
—No—contestó.—Yo conozco a todos sus amigos. Sólo tuvo un secreto para mí, el del origen de su fortuna. Siempre se negó a decírmelo.
—Parto directamente para Florencia, y veré de descubrir todo lo que pueda antes que los abogados le notifiquen a este misterioso individuo el fallecimiento de su papá—le dije.—Puede ser que consiga saber algo que nos sea de mucho beneficio en el porvenir.
—¡Ah! es usted muy bueno, señor Greenwood—replicó, levantando sus hermosos ojos y mirándome con una expresión de profunda gratitud. Debo confesar que la idea de tener que verme íntimamente ligada a un desconocido, y que este desconocido es un extranjero, me produce un gran temor y recelo.