—Pero tal vez sea joven y buen mozo el verdadero Paolo del romance... y usted su Francesca—le indiqué sonriendo.

Sus dulces labios se entreabrieron ligeramente, pero sacudió la cabeza, suspirando al contestar:

—Hágame el favor de no anticipar nada sobre eso. Confío y espero que sea viejo y muy feo.

—De modo que no pueda despertar mis celos, ¿no es verdad?—exclamé riendo.—Le aseguro, Mabel, que si nuestra amistad no estuviese apoyada sobre bases tan bien definidas, me permitiría representar el papel de amante. Usted sabe que yo...

—Vamos, déjese de necedades—interrumpió, levantando su pequeño dedo con fingida reprobación.—Recuerde lo que dijo ayer.

—Dije lo que pensaba y tengo intención de hacer.

—Y lo mismo hice yo. Hablándole con franqueza, le diré que me gusta considerarlo como si fuese mi hermano mayor—declaró.—Creo que nunca amaré a nadie—añadió, pensativamente, mirando el brillante fuego de la chimenea.

—No, no; no diga eso, Mabel. Algún día encontrará a un hombre de su misma condición, lo amará, se casará con él y será feliz—le observé, con mi mano apoyada en su hombro.—Recuerde que con su fortuna puede elegir la flor del mercado matrimonial.

—¿Algún joven aristócrata empobrecido, quiere usted significar? No, gracias. He tenido oportunidad de conocer a un buen número de ellos, pero su afecto simulado ha sido siempre demasiado débil. La mayoría de ellos querían mi dinero para poder levantar los gravámenes de sus posesiones. No, preferiría, más bien, a un hombre pobre... aun cuando es seguro que nunca me casaré... nunca, jamás.

Permanecí callado un momento; luego le dije con torpeza: