Dos hombres, ambos italianos, se detuvieron al verme pasar, para saludarme y desearme ben tornalo. Uno era un abogado, cuya esposa tenía fama de ser una de las mujeres más bonitas de la ciudad, en la cual, aunque parezca extraño, el tipo más notable de belleza es el de cabellos rubios. El otro era el caballero Alimari, secretario del cónsul general inglés, o el «Mayor», como lo denominaban todos.

Hacía dos horas que había llegado a Florencia, y después de darme un baño en el Saboya, salí con el objeto de descontar un cheque en casa de French, antes de empezar mis investigaciones.

El encuentro con Alimari, sin embargo, hizo que me detuviera un momento en mi camino, y después que me manifestó el placer que le producía mi vuelta, le pregunté:

—¿Conoce usted, por casualidad, a una persona de apellido Melandrini, Paolo Melandrini? Su dirección es vía San Cristófano, número 8.

Me miró de un modo extraño con sus ojos vivos, después se pasó la mano por su obscura barba, y al fin contestó en inglés, con un leve acento extranjero:

—La dirección no parece muy atrayente, señor Greenwood. No tengo el placer de conocer a ese caballero, pero la calle San Cristófano es una de las más peores y pobres de Florencia, detrás, exactamente, de Santa Croce, yendo por la vía Ghibellina. Pero, no le aconsejaría que fuera de noche a ese barrio, porque hay allí algunos tipos muy malos.

—El hecho es—expliqué,—que he venido expresamente a cerciorarme de algunos datos referentes a ese individuo.

—Entonces, no lo haga usted en persona—fue el consejo de mi amigo.—Emplee a alguno que sea florentino. Si se trata de un caso de averiguaciones confidenciales o secretas, ciertamente, tendrá mucho más éxito que el que usted pueda alcanzar. En el acto que ponga usted los pies en esa calle, se sabrá en todas las casas de vecindad que un inglés anda haciendo preguntas. Y—añadió con una sonrisa significativa,—en la vía San Cristófano se ofenden si les dirigen preguntas.

VII

EL MISTERIOSO EXTRANJERO