Conocí que su consejo era bueno, y en el correr de la conversación, mientras tomábamos un piccolo en casa de Giacoso, me indicó que debía ocupar a un tal Carlini, hombre muy astuto aunque viejo y feo, quien se había encargado algunas veces de ciertas investigaciones privadas del consulado inglés.
Una hora después el viejo se presentaba en el Saboya. Era un hombre pequeño, encorvado, de cabeza blanca, miserablemente vestido, con un sombrero blando, grasiento, de color gris, echado a un lado; un verdadero florentino típico del pueblo. En los mercados lo conocían con el nombre de «Babbo Carlini», según supe después, y las cocineras y sirvientas encontraban placer en hacerlo el blanco de sus travesuras y bromas.
Todos creían que era un poco tonto, y él hacía por robustecer esas ideas, porque le daba mayores facilidades para sus investigaciones secretas, pues la policía acostumbraba emplearlo en los casos graves, y muchos criminales habían sido aprehendidos debido a su astucia.
En mi dormitorio, solo con él, le expliqué, en italiano, la misión que deseaba llevase a cabo.
—Sí, signore—era toda su respuesta, cada vez que yo hacía una pausa.
Sus botines estaban en un estado lastimoso, todos rotos, y le hacía inmensa falta una muda de ropa limpia; pero, sin embargo, de uno de los bolsillos asomaba un paquetito de toscani, esos cigarros largos, delgados y de a un penique, que tan predilectos son para el paladar italiano.
—Recuerde—le dije al viejo—que usted debe encontrar, si es posible, un medio de hacer relación con Paolo Melandrini, obtener de él mismo todos los datos que pueda sobre su persona, y arreglar las cosas de modo que yo pueda, lo más pronto posible, verlo sin que él me vea. Este asunto—añadí—es estrictamente privado, y lo tomo a usted a mi servicio por el término de una semana, con el sueldo de doscientas cincuenta liras. Aquí tiene cien para que pague sus gastos generales.
Tomó los verdes billetes de banco con sus manos como garras, y murmurando Tanti grazie, signore, los guardó en el bolsillo interior de su miserable chaqueta.
—No debe permitir, ni por un momento, que ese individuo sospeche que se están haciendo averiguaciones concernientes a él, y recuerde bien que no debe saber que hay en Florencia un inglés que pregunta por él, porque si esto sucede, entonces en el acto sus sospechas se despertarán. Tenga mucho cuidado con todo lo que diga y haga, y venga esta noche a informarme. ¿A qué hora nos veremos?
—Tarde—gruñó el viejo.—Puede ser que sea un obrero, y, en ese caso, no podré saber nada de él hasta la noche. A las once vendré al hotel.—Y se retiró, dejando la atmósfera impregnada de un olor fuerte a tabaco y ajos en estado de descomposición.