—De tipo inglés, gruesa y pesada. Noté que la palabra signore está mal escrita.

La letra de Blair era gruesa, porque, generalmente, escribía con pluma de ave. Tuve ansias de poderla ver.

—¿Entonces, la vieja sirvienta no tiene la menor idea de cuál es su verdadera dirección?

—Absolutamente ninguna. Le ha advertido que si van a buscarlo, conteste que no tiene fijeza en sus movimientos, y que todo asunto o mensaje deben dejárselo por escrito.

—¿Qué aspecto tiene el departamento?

—Está muy pobremente amueblado, sumamente sucio y abandonado. La anciana es casi ciega y sin fuerzas.

—¿Dice la vieja que es un caballero su padrone?

—No la he podido preguntar cómo es, pero, por averiguaciones que he hecho en otras partes, he sabido que es un individuo que muy probablemente tiene asuntos con la policía o con algo parecido. El dueño de una taberna que hay en la esquina de la calle, me dijo, en confianza, que hará unos seis meses que dos hombres, sin duda alguna agentes de policía, anduvieron haciendo investigaciones muy activas respecto a este individuo, y que, durante un mes, establecieron vigilancia sobre la casa, pero él no ha aparecido más desde ese tiempo. Me lo ha pintado como un hombre de regular edad, con barba, muy reticente, que usa anteojos, habla con leve acento extranjero y rara vez entra en una taberna o pasa un rato en el día con sus vecinos. Sin embargo, es evidente que tiene recursos, porque, en varias ocasiones, al saber la miseria o desgracias de algunas de las familias que viven en esa calle, las ha visitado silenciosamente y dispensado su caridad de una manera generosa. Es a esto, según parece, a lo que debe el respeto que ha inspirado, mientras, por otra parte, ha tratado intencionalmente de rodear de misterio su identidad.

—Con algún objeto ha de ser, no hay duda—observé.

—Ciertamente—fue la respuesta de aquel viejo extraño.—Todas mis averiguaciones tienden a demostrar que es un hombre de secretos, y que está ocultando su verdadera identidad.