—Puede ser que esas habitaciones no las tenga más que para la dirección de las cartas—le indiqué.

—¿Sabe, signore, que es la misma opinión que yo tengo?—me dijo.—Puede ser que resida en otra parte de Florencia, dado lo que sabemos.

—Pues debes descubrirlo. Es imprescindible que yo sepa todo lo concerniente a él antes que me vaya de aquí; por consiguiente, voy a ayudarte a vigilar su vuelta.

Babbo sacudió la cabeza y empezó a jugar con su cigarro, que estaba ansioso poder fumar.

—No, signore. Usted no debe presentarse en la calle de San Cristófano, porque en el acto notarían su aparición. Déjeme todo el asunto a mí solo, signore. Voy a tomar una persona que me ayude, y espero que los dos podremos, antes de mucho tiempo, encontrar a este misterioso individuo y seguirle la pista.

Recordando la curiosa carta en italiano que había tomado de entre los papeles del muerto, le pregunté al viejo si conocía algún punto llamado San Frediano—el lugar señalado para la cita entre el hombre que había escrito la carta y mi pobre amigo fallecido.

—Ciertamente—replicó.—Detrás del Cármine está el mercado de San Frediano, y en Lucca hay la iglesia de San Frediano, también.

—¡En Lucca!—repetí.—¡Ah! pero Lucca no es Florencia.

Sin embargo, recordé de pronto que la carta fijaba claramente la hora de las vísperas para la entrevista. Por lo tanto, el lugar convenido debía ser, ciertamente, una iglesia.

—¿No conoce alguna otra iglesia de San Frediano?—le pregunté.