—Así es. Estoy aquí para verlo.

—Entonces, siento tenerle que decir que no lo volverá a ver nunca más—le dije en voz baja y con toda gravedad.

—¿Por qué?—tartamudeó, abriendo desmesuradamente sus negros ojos llenos de estupor.

—Porque—contesté,—porque el pobre Burton Blair ha muerto... y su secreto ha sido robado.

—¡Qué!—gritó, con una mirada de terror y una voz tan fuerte, que su exclamación repercutió bajo el alto y abovedado techo.—¡Blair muerto... y el secreto robado! ¡Dios! ¡es imposible... imposible!

IX

LA CASA DEL SILENCIO

El efecto de mis palabras sobre el corpulento capuchino, cuya figura parecía casi gigantesca, debido al grosor de su poco artístico hábito, fue tan curioso como inesperado.

El anuncio de la muerte de Blair pareció dejarlo totalmente enervado. Parecía que había estado allí esperando, en cumplimiento al compromiso hecho, completamente ignorante del fin prematuro cabido en suerte al hombre con quien lo había ligado tan íntima y secreta amistad.

—Cuénteme... cuénteme cómo ha sido—tartamudeó en italiano,—y su metal de voz era casi un murmullo, como si hubiese temido que algún curioso pudiera estar escondido en aquella soledad tenebrosa.