En pocas palabras le expliqué lo sucedido, y él me escuchó en silencio. Luego que hube terminado, murmuró algo, se persignó, y, como nos despertaron los pasos que se aproximaban del sacristán, salimos afuera y nos dirigimos hacia la ancha plaza, que ya estaba envuelta en una semiobscuridad.

El viejo Carlini, que estaba sentado en un banco acabando de fumar un cigarro, nos vio en el acto que aparecimos, y yo noté que abrió los ojos llenos de asombro, pero, fuera de eso, no manifestó sospecha ni hizo el menor movimiento.

¡Poverino! ¡Poverino!—repetía el monje al caminar lentamente costeando las viejas murallas de la en un tiempo orgullosa ciudad.—¡Pensar que nuestro pobre amigo Burton ha muerto tan repentinamente... y sin decir una palabra!

—No exactamente una palabra—le dije:—Antes de morir dio varias instrucciones y dejó algunos encargos, entre los cuales está el haber puesto a su hija Mabel bajo mi cuidado.

—Ah, la pequeña Mabel—suspiró.—Ya hace ciertamente diez años desde que la vi en Manchester. Era entonces una criatura como de once años, alta, de cabellos negros, bonita, muy parecida a su madre... ¡pobre mujer!

—¿Conoció usted a su madre?—le pregunté con cierta sorpresa.

Movió afirmativamente la cabeza, pero se negó a dar mayores informes.

Cuando nos encaminábamos hacia el Ponto Santa María, la puerta de la ciudad, donde los empleados de uniforme del dazio estaban sin hacer nada pero listos para cobrar el impuesto sobre todo artículo de consumo, aun cuando fuese bien insignificante, que entrara por allí, se volvió de pronto a mí y me inquirió:

—¿Cómo ha sabido que yo tenía combinada una cita para esta noche con nuestro amigo?

—Por la carta que le escribió usted, y que se encontró en su valija después de su muerte—respondí con franqueza.