Lanzó un gruñido de evidente satisfacción. Yo supuse, en verdad, que debía estar receloso de que Burton antes de morir me hubiera dado a conocer algunos detalles de su vida. Recordé en ese momento el curioso enigma cifrado que se encerraba en la carta de juego, pero no hice la menor alusión sobre ello.

—¡Ah! ¡ya veo!—exclamó al punto.

Pero si esa pequeña bolsita, o lo que fuera, que siempre llevaba consigo, oculta entre sus ropas o suspendida alrededor de su cuello, se ha perdido, ¿no significa que ha habido en esto una tragedia, es decir, un robo y un asesinato?

—Hay marcadas sospechas—contesté,—aun cuando, según los médicos, ha muerto debido a causas puramente naturales.

—¡Ah! ¡no creo!—exclamó el monje, cerrando los puños fieramente. Uno de ellos ha conseguido al fin robar esa bolsita que él guardó siempre con tanto cuidado, y estoy convencido de que se ha cometido el asesinato para ocultar el robo.

—¿Uno de cuáles?—pregunté ansiosamente.

—Uno de sus enemigos.

—¿Pero sabía usted lo que contenía esa bolsita?

—Jamás me lo quiso decir—fue la respuesta del capuchino, mirándome de lleno a la cara.—Sólo me dijo que su secreto estaba encerrado dentro de ella... y tengo motivos para creer que así era.

—¿Pero usted conocía su secreto?—le interrogué, con los ojos fijos en él.