Noté por el cambio que se produjo en su semblante, moreno, cuánto lo había alarmado mi pregunta.

Ya no podía negar completamente su ignorancia, pero, no había duda, estaba buscando algún medio de engañarme.

—Sólo sé lo que me explicó de suyo—respondió.—Y no fue mucho, porque, como usted lo sabe, era un hombre muy reticente. Me refirió, hace mucho tiempo, sin embargo, las circunstancias un tanto románticas en que lo conoció a usted, qué buen amigo fue con él antes que la suerte le sonriera, y cómo usted y su amigo (he olvidado su nombre) pusieron a Mabel en el colegio en Bournemouth, arrancándola de esa vida de fatiga y caminatas errantes que Burton había emprendido.

—Pero ¿por qué andaba vagando de esa manera por los caminos?—le pregunté.—Para mí ha sido siempre un enigma.

—Y para mí también. Creo que se ocupaba en buscar la clave del secreto que llevaba consigo, el secreto que le ha legado a usted, según me ha dicho.

—¿No le recordó a usted nada más?—inquirí, recordando que este hombre debía haber sido amigo antiguo de Blair, por las observaciones que había hecho sobre Mabel, cuando era niña.

—Nada más. Su secreto le perteneció siempre, y no lo reveló a nadie, pues temía ser traicionado.

—Pero ahora que está en otras manos, ¿qué es lo que usted presupone?—le dije, caminando siempre a su lado, porque ya habíamos salido de la ciudad e íbamos por ese ancho camino sucio que conduce al puente Mariano y continúa ascendiendo hacia las montañas, en una extensión de quince millas, hasta ese frondoso y bastante alegre punto de verano, bien conocido de todos los italianos y algunos ingleses, que se llama los Baños de Lucca.

—Por lo que supe en Londres cuando tuvimos ocasión de conocernos—contestó mi compañero, muy gravemente,—presupongo que el secreto del pobre Blair ha sido robado de una manera muy ingeniosa, y que la persona en cuyo poder está ahora, sabrá sacar buen provecho de él.

—¿En perjuicio de su hija Mabel?