—Ciertamente. Ella deberá ser la principal víctima, la que tenga más que perder—contestó, con una especie de suspiro.

—¡Ah, si él hubiera confiado a alguien sus asuntos, podría, conociendo la verdad, combatir esa astuta conspiración! Pero parece que todos, como en efecto sucede, estamos en la más completa obscuridad. ¡Aun sus abogados nada saben!

—¡Y usted, a quién el secreto ha sido legado, lo ha perdido!—añadió.—Sí, señor, la situación es, ciertamente, muy crítica.

—En este asunto señor Salvi—le dije,—como amigos del pobre Blair, debemos esforzarnos en hacer todo lo que podamos para descubrir y castigar a sus enemigos. Dígame, por lo tanto ¿conoce usted el origen de la vasta fortuna de nuestro desgraciado amigo?

—Aquí no soy el señor Salvi—fue la réplica tranquila del monje.—Me conocen como fray Antonio de Arezzó, o, más breve, fray Antonio. El nombre de Salvi me lo dio el pobre Blair, que no quiso introducir entre sus amigos mundanos a un monje capuchino. En cuanto al origen de su fortuna, creo que conozco la verdad.

—Entonces ¡dígamela, dígamela!—grité lleno de ansiedad.—Puede ser que nos dé el hilo para saber quiénes son esas personas que han conspirado con tanto éxito contra él.

De nuevo el monje volvió hacia mí sus penetrantes ojos obscuros, esos ojos que en las tenues tinieblas de San Frediano parecían tan llenos de fuego y también de misterio.

—No—contestó, en un tono duro y decisivo.—No tengo permiso para decir nada. El ha muerto, dejemos descansar su memoria.

—¿Pero por qué?—inquirí.—En estas circunstancias de graves sospechas, y en que el secreto, que por derecho me pertenece, ha sido robado, es deber de usted seguramente explicar lo que sabe, con el fin de que podamos obtener un hilo que nos guíe. Recuerde también que el porvenir de su hija depende del descubrimiento de la verdad.

—No puedo decirle nada—repitió.—Mis labios están sellados por mucho que lo sienta.