Mientras hablaba, anduvo buscando algo en un cajoncito de la pequeña mesa-escritorio, y por fin sacó un objeto, añadiendo con profunda solemnidad:

—Usted conocía a Blair íntimamente, más íntimamente que yo, tal vez, en estos últimos años. Conocía a sus enemigos como también a sus amigos. Dígame, ¿ha tenido oportunidad de ver alguna vez el original de cada uno de estos hombres?

Y me puso ante los ojos dos retratos.

Uno de ellos me era completamente desconocido, pero el otro lo reconocí en el acto.

—Este es mi viejo amigo Reginaldo Seton—exclamé,—que también era amigo de Blair.

—No—declaró el monje, en un tono duro y significativo,—no su amigo, señor... su más terrible enemigo.

X

EL HOMBRE DE LOS SECRETOS

—No comprendo lo que quiere usted decir—le dije,—resentido de ver la acusación que hacía a mi más íntimo amigo.—Seton ha sido mejor amigo que yo para con el pobre Blair.

Fray Antonio se sonrió de un modo extraño y misterioso, como sólo el sutil italiano puede hacerlo. Pareció compadecerse de mi ignorancia, y tuvo deseos de burlarse de mi fe en la sinceridad de Seton.