—Algo, no todo—fue mi réplica.—¿Ha visto a ese monje con quien he estado?

—Sí. Mientras usted estaba en el convento, yo he hecho algunas averiguaciones, y he sabido que el capuchino más popular de todo Lucca, es fray Antonio, y que sus actos de caridad son bien conocidos. Es él quien anda mendigando de puerta en puerta, por toda la ciudad, para conseguir los céntimos y las liras que hacen que los pobres tengan diariamente su ropa y pan. Es fama que era muy rico, y que al entrar en el convento de los capuchinos donó a la orden sus riquezas. También se sabe que tiene un amigo que quiere mucho, un inglés conocido por la gente de la ciudad, con el sobrenombre de el Ceco, porque tiene un ojo casi perdido.

—¡El Ceco!—grité.—¿Qué ha descubierto respecto de éste?

—La dueña de una pequeña quesería que hay junto de la puerta por donde salimos de la ciudad, es muy comunicativa. Como todas las de su clase, parece que admira grandemente a nuestro amigo el capuchino. Me ha hablado de las frecuentes visitas de este inglés tuerto, que ha residido tanto tiempo en Italia, que puede casi pasar por italiano. Parece que el Ceco, tiene la costumbre de parar en la vieja posada de la Croce di Malta, viniendo acompañado algunas veces de su hija, una joven muy linda.

—¿De dónde suelen venir?

—¡Oh! todavía no he podido averiguar eso—contestó Babbo.—Sin embargo, parece que las constantes visitas de el Ceco al monasterio capuchino, han despertado el interés público. La gente dice que ahora fray Antonio no es tan activo como antes para buscar dinero para los pobres, pues está demasiado ocupado con su amigo inglés.

—¿Y la niña?

—Debe ser de una belleza notable, porque tiene fama hasta en Lucca, que es una ciudad de niñas bonitas—contestó el viejo, haciendo una mueca.—Habla el toscano perfectamente, y puede hacerse pasar con facilidad por italiana, así dicen. Su espalda no es tiesa como la de esos otros ingleses que uno ve en la vía Tornabuoni, si el señor me perdona la crítica—añadió disculpándose.

Estos informes que probaban que Dick Dawson, contra quien el monje había puesto en guardia a Burton Blair, era en efecto el amigo del capuchino, hacían que la situación fuera más enigmática y complicada.

Reconocí que en esas frecuentes visitas y conferencias debía haberse tramado el complot secreto contra mi pobre amigo, conspiración que había sido llevada a cabo con éxito, según parecía.