Fray Antonio se levantó, encendió una gran linterna vieja de bronce, y me guió a través de los solitarios y tranquilos corredores, de la pequeña plaza y de la ladera de la colina hasta el camino real, que en medio de la obscuridad resaltaba blanco y recto.
Luego, después de haberme encaminado, tomó mi mano entre sus grandes palmas ásperas y encallecidas, debido al duro trabajo en su pedazo de jardín, y me dijo:
—Confíe en mí, que yo haré todo lo que me sea posible. Yo conocía al pobre Blair; sí, lo conocía mejor que usted, señor Greenwood. También conocía algo de su notable secreto, sé cuan extraño es lo sucedido, y qué misteriosas son todas las circunstancias. Mientras usted vuelve a Londres y prosigue sus investigaciones, yo trabajaré aquí, haciendo las mías. Voy a hacerle una indicación, sin embargo, y es la siguiente: si llega a conocer a Dick Dawson, haga amistad con él y con Dolly. Son una pareja extraña, el padre y la hija, pero la amistad con ambos puede serle de provecho.
—¡Qué!—exclamé.—¿Amistad con el hombre que ha confesado usted que es uno de los más crueles enemigos que tuvo Blair?
—¿Y por qué no? ¿No es un rasgo de diplomacia ser bien recibido en el campo enemigo? Recuerde que es usted el que más arriesga en este asunto, pues en él se juega el secreto que le ha sido legado—¡el secreto de los millones de Burton Blair!
—Y tengo la intención de recuperarlo—declaré con firmeza.
—Yo espero que lo conseguirá, señor—exclamó en una voz que me pareció llena de doble significado.—Espero que lo conseguirá—replicó de nuevo.
Despidiéndose luego con un Adio, e buona fortuna, fray Antonio, el hombre de los secretos, se dio vuelta y se alejó, dejándome parado en el obscuro camino real.
No había avanzado unas cincuenta yardas, cuando de en medio de la sombra de algunos arbustos que había a un lado, apareció una pequeña figura negra, y por la voz que me saludó, conocí que era el viejo Babbo, a quien no esperaba, pues había creído que se hubiera cansado de aguardarme. Pero comprendí que nos había seguido y que al vernos entrar en el monasterio, se había puesto a esperar mi vuelta con toda paciencia.
—¿Ha descubierto el señor lo que deseaba?—me preguntó el viejo italiano, prontamente.