Los informes del monje demostraban también que Blair había tenido algún motivo muy poderoso para celebrar estas secretas entrevistas. Fray Antonio, su amigo ignorado, había sido indudablemente el más íntimo y de mayor confianza.

—¿Por qué razón nos había ocultado a todos, hasta a la misma Mabel, esta extraña y misteriosa amistad?

Miré fijamente la severa cara del monje italiano, tostada por el sol, y traté de penetrar el misterio escrito en ella, pero fue en vano. No hay hombre en el mundo que sepa guardar tan bien un secreto como el sacerdote confesor, o el humilde fraile, cuya morada es su pobre celda.

—¿Y cuál es su intención, después de lo que ha sucedido con el pobre Blair?—le pregunté al fin.

—Mi intención, como la suya, es descubrir la verdad—replicó.—Será una cosa difícil, no hay duda, pero tengo confianza de que al fin triunfaremos, y que usted recuperará el secreto perdido.

—Pero ¿no podrán utilizarlo mientras tanto los enemigos de Blair?—interrogué.

—¡Ah! eso no podremos impedirlo, por cierto—contestó fray Antonio.—Nosotros debemos preocuparnos del porvenir, y dejar que el presente se cuide solo. Usted, en Londres, hará todo lo que sea posible para descubrir si Blair fue víctima de una infamia y quiénes fueron los autores de ella, mientras yo, aquí en Italia, trataré de saber si ha existido, fuera del robo del secreto, algún otro móvil.

—Pero si la bolsita de gamuza hubiera sido robada, ¿no cree usted que Blair la habría extrañado? Estuvo completamente consciente durante varias horas antes de morir.

—Se podía haber olvidado de ella. La memoria de los hombres decae a menudo en las últimas horas que preceden a la muerte.

La noche había extendido su negro manto antes que la campana con su gran badajo de madera, la misma que servía para despertar a los monjes a las dos de la mañana, hora en que se levantan a orar, resonase a lo largo del claustro, como recordándome que debía retirarme de aquella silenciosa morada, donde era un extraño.