—Cuando regrese, vigile los movimientos de su titulado amigo Seton, y entonces puede ser que tenga oportunidad de conocer a su amigo, cuyo retrato le he mostrado. Una vez que esto suceda, escríbame, y déjemelo a mi cargo.

Guardó de nuevo la fotografía en el cajoncito de su mesa, pero, al hacerlo, mis ojos alcanzaron a distinguir dentro una carta de juego, el siete de bastos, con algunas letras escritas en ella de la misma manera o muy similares a las que había en la carta que yo tenía guardada en mi bolsillo. Le hice alusión, pero se sonrió simplemente y cerró en el acto el cajón.

Sin embargo, el hecho de encontrarse el enigma cifrado en su poder, era ciertamente algo más que extraño.

—¿Suele usted ausentarse de su casa?—le pregunté al fin, recordando cómo lo había conocido en la mesa de Blair, con motivo de la comida en su casa de la plaza Grosvenor, pero no muy satisfecho del descubrimiento de la carta con las curiosas inscripciones enigmáticas.

—Rara vez... muy rara vez—respondió.—Es sumamente difícil conseguir permiso, y cuando se obtiene, es con el fin único de visitar a la familia.

Si hay algún monasterio cerca del lugar adonde nos trasladamos, debemos pedir que se nos conceda una cama en él, antes que permanecer en una casa particular. Las reglas le parecen duras—añadió sonriendo;—pero le aseguro que para nosotros no lo son, ni sufrimos absolutamente nada. Todas ellas son benéficas para la felicidad y el bienestar del hombre.

De nuevo traté de hacer recaer la conversación en lo que me interesaba, esforzándome en conseguir algunos datos sobre el secreto misterioso del muerto, que estaba convencido de que le era conocido. Pero fue inútil. No quería decirme nada.

Todo lo que me manifestó fue que la razón de esa entrevista que debía haber tenido lugar esa noche en Lucca, era muy poderosa, y que si el millonario no hubiera muerto, indudablemente habría acudido a ella.

—Tenía por costumbre verse conmigo de tiempo en tiempo, ya en la iglesia de San Frediano, o en otros puntos de Lucca, como también en Pescia o Pistoya—añadió el monje.—De cuando en cuando, variábamos el sitio de reunión.

—Y esto explica, por cierto, sus misteriosas ausencias—observé yo, recordando que sus movimientos habían sido con frecuencia muy errantes, de modo que hasta Mabel había ignorado su dirección. Se suponía generalmente que había partido a Escocia o al norte de Inglaterra; pues nadie se imaginó nunca que sus repentinos viajes fueran tan lejanos, y que se encontrara, cuando menos se pensaba, en la Italia central.