—El corpulento monje se encogió de hombros, y respondió:

—Dick Dawson no ha sido nunca hombre de muy buen genio. Evidentemente algo debe haber descubierto, y ha jurado vengarse.

Sus observaciones me habían dado a conocer un dato importantísimo: que el hombre conocido en Italia con el sobrenombre de «el ciego», era un inglés llamado Dick Dawson, un aventurero, muy probablemente.

—¿Entonces, sospecha usted que haya sido cómplice en el robo del secreto?—le indiqué.

—Como la pequeña bolsita de gamuza ha desaparecido, me inclino a pensar que debe haber pasado a sus manos.

—¿Y la niña?

—Dolly, su hija, lo ayudará en todo, eso es seguro. Es tan astuta como su padre, y posee una notable habilidad femenina; es una joven peligrosa, por no decir otra cosa. Yo previne a Blair de que tuviera cuidado de los dos—añadió,—recordando de pronto, según parece, su carta.—Pero me alegro que haya usted reconocido a uno de estos dos individuos cuyas fotografías le he mostrado. Ha dicho usted que se llama Seton, ¿no es así? Bien entonces, si es su amigo, le aconsejo que esté siempre alerta. ¿Está usted seguro de que no ha visto jamás a este otro hombre? ¿qué no conoce a este amigo de Seton?—me interrogó muy encarecidamente.

Tomé en mi mano el retrato y me acerqué adonde estaba la opaca lámpara de kerosene. Lo examiné muy atentamente y me fijé en todos sus detalles. Era un hombre de cara larga, calvo, barba entera, cuello muy alto, levita negra y un elegante moño de corbata. El adorno que tenía sobre la pechera de su camisa, era un tanto peculiar, pues parecía una pequeña cruz de alguna orden extranjera de caballería, y producía más bien un efecto delicado y novedoso. Los ojos eran los de un hombre astuto, vivo y penetrante, mientras las mejillas hundidas daban a su rostro un aspecto notable y ligeramente macilento.

Era una fisonomía que, según mis recuerdos, no la había visto nunca, pero, sin embargo, sus peculiaridades eran tales, que en el acto se grabó indeleblemente en mi memoria.

Le manifesté que me era imposible saber quién era, a lo cual replicó él, insistiendo: