—¡El Ceco!—tartamudeó, lleno de sorpresa por mi audaz pregunta.—¿Quién le ha hablado de él? ¿Qué sabe usted respecto a ese hombre?

El monje se había olvidado evidentemente de lo que le había escrito en la carta a Blair.

—Sé que está en Londres—repliqué, tomando por guía sus propias palabras.

La niña le acompaña—añadí,—a pesar de serme completamente desconocida la identidad de la persona a que me refería.

—¿Y bien?—preguntome.

—Y si están en Londres, no es seguramente con buenas intenciones.

—¡Ah!—exclamó.—¿Blair le ha dicho a usted algo... le ha manifestado sus recelos?

—Ahora, al último, se había apoderado de él el temor de que lo asesinaran secretamente el día menos pensado—contesté.—Sin duda alguna, le temía al Ceco.

—Y ciertamente que tenía razón de temerle—exclamó fray Antonio, con sus obscuros ojos brillantes, vueltos hacia los míos en medio de la semiobscuridad.—El Ceco no es un individuo fácil de manejar.

—Pero ¿con qué fin ha ido a Londres?—le pregunté.—¿Acaso ha ido con malas intenciones?