Describir el largo y tedioso viaje de vuelta del Mediterráneo al Canal, oyendo siempre el crujido de las ruedas, y con la misma monotonía, interrumpida únicamente por el anuncio de que la comida estaba servida, es inútil. Todos aquellos que lean esta extraña historia del secreto de un hombre, que hayan viajado de ida y vuelta por ese camino de hierro que va a Roma, saben bien qué molesto y pesado se hace cuando uno se transforma en constante viajero entre Inglaterra e Italia.

Basta decir que treinta y seis horas después de haber subido al expreso en Pisa, atravesaba la plataforma de la estación Charing Cross, entraba en un hansom y partía para la calle Great Russell. Reginaldo no había vuelto aún de su negocio, pero, sobre mi mesa, entre una cantidad de cartas, encontré un telegrama de Babbo, en italiano, que decía:

«Melandrini tiene echado a perder el ojo izquierdo. Es el mismo hombre; no hay duda ninguna sobre eso.—Carlini

El individuo que estaba destinado a ser el secretario y consejero de Mabel Blair, era el enemigo más terrible de su difunto padre, el inglés, Dick Dawson.

Permanecí de pie mirando el telegrama, completamente azorado.

La extraña copla que el muerto había dejado escrita en su testamento, recomendándome que la recordase, latía incesantemente en mi cabeza:

King Henry the Eighth was a knave to his queens,
He'd one short of seven—and nine or ten scenes!

¿Qué significado oculto podía encerrar? Los hechos históricos de los casamientos y divorcios del Rey Enrique VIII, eran tan conocidos para mí como lo son para todo niño inglés del Reino Unido que haya llegado al cuarto grado. Sin embargo, algún motivo debía haber tenido Blair, ciertamente, para haber puesto esta extraña rima en su testamento; tal vez era la clave de algo, ¿pero de qué sería?

Después de hacerme una rápida toilette y cepillarme bien, porque estaba muy sucio y fatigado por el largo viaje, tomé un coche y me dirigí a la plaza Grosvenor, donde encontré a Mabel vestida delicadamente de negro, sentada leyendo en su confortable y bonita habitación particular, que su padre, dos años antes, la había hecho decorar y amueblar lujosamente y con todo gusto como su boudoir.

Se puso de pie en el acto que me vio, y me saludó con apresuramiento cuando el sirviente anunció mi presencia.