—Otra vez está de vuelta, señor Greenwood—exclamó.—¡Oh, cuánto me alegro! He extrañado mucho no haber sabido nada de usted. ¿Dónde ha estado?
—En Italia—repliqué, sacándome el sobretodo por indicación de ella, y sentándome después a su lado en un silla baja.—He estado haciendo ciertas averiguaciones.
—¿Y qué ha descubierto?
—Varios datos que tienden más bien a aumentar que a aclarar el misterio que rodeaba a su pobre padre.
Noté que su rostro estaba más pálido que cuando me había ausentado de Londres, y que parecía enervada y extrañamente ansiosa. Le pregunté por qué no había ido a pasar una temporada en Brighton o en algún otro punto de la costa Sud, como le había indicado antes, pero me replicó que había preferido quedarse en su casa, y que, hablando francamente, había estado esperando con impaciencia mi llegada.
Le expliqué, en breves palabras, lo que había descubierto en Italia, refiriéndole mi encuentro con el monje capuchino y nuestra curiosa conversación.
—Jamás le oí hablar de él a mi padre—me dijo.—¿Qué clase de hombre es?
Se lo describí lo mejor que pude, y le conté cómo lo había conocido en una comida dada en su casa, durante su ausencia en Escocia con la señora Percival.
—Yo pensaba que un monje, una vez que entraba en una orden religiosa, no podía volver a usar el traje de la vida seglar—observó.
—No puede hacerlo, ciertamente—respondí.—Ese mismo hecho aumenta las sospechas que abrigo contra él, unido a las palabras que le alcancé a oír fuera del teatro Imperio.